Saturno devorando a su hijo: el monstruo que Goya pintó en su casa

Estás delante de una de las imágenes más perturbadoras de todo el Museo del Prado.

Saturno, de Francisco de Goya.

Fue pintado entre aproximadamente 1820 y 1823.

Pero antes de contarte quién es ese monstruo, qué está haciendo o por qué Goya decidió representarlo así…

haz una cosa.

Mírale los ojos.

No mires todavía el cuerpo que tiene entre las manos.

Mira solamente sus ojos.

Están completamente abiertos.

Desorbitados.

No parecen los ojos de un dios poderoso.

Parecen los ojos de alguien dominado por el terror.

Y esta será nuestra primera pista.

Porque aunque estamos viendo a Saturno devorando a uno de sus hijos…

quizá el personaje que tiene más miedo en este cuadro sea precisamente Saturno.

Ahora mira la escena completa

Aléjate un poco.

El cuadro es alto y estrecho.

Mide aproximadamente un metro cuarenta y tres de alto por ochenta y un centímetros de ancho.

En medio de una oscuridad casi absoluta aparece un gigante desnudo.

Está agachado.

Tiene el cabello desordenado.

Las piernas flexionadas.

Los dedos clavados sobre un cuerpo mutilado.

Y acaba de arrancarle parte de uno de los brazos.

Hay sangre.

Mucha más de la que solemos encontrar en la pintura mitológica tradicional.

No hay paisaje.

No hay palacio.

No hay trono.

No hay otros dioses.

No hay prácticamente nada que nos permita saber dónde estamos.

Solamente existe Saturno.

Su víctima.

Y la oscuridad.

Es casi como si Goya hubiera encendido una linterna durante un segundo y nos hubiera permitido descubrir algo que estaba ocurriendo en mitad de la noche.

Algo que quizá no deberíamos haber visto.

¿Quién es Saturno?

Ahora necesitamos conocer la historia.

Saturno es el equivalente romano del dios griego Crono.

Según el mito, Crono había destronado a su propio padre.

Pero recibió una profecía terrible:

uno de sus hijos haría exactamente lo mismo con él.

Lo destronaría.

Así que Saturno intenta evitar el futuro de la manera más monstruosa posible.

Cada vez que nace uno de sus hijos…

se lo traga.

Su objetivo no es alimentarse.

Es conservar el poder.

Mientras sus hijos estén dentro de él, ninguno podrá sustituirlo.

Pero su esposa, Rea —Cibeles en la tradición romana— consigue salvar a uno.

Júpiter.

En lugar de entregarle al recién nacido, engaña a Saturno dándole una piedra envuelta en pañales.

Júpiter crece oculto.

Y finalmente la profecía se cumple.

Derrota a su padre.

Saturno hace todo lo posible por impedir el futuro…

y fracasa.

Recuerda esa idea.

Porque quizá sea más importante que la sangre.

Un ser poderoso destruye aquello que podría sucederle porque tiene miedo de perder el poder.

Pero Goya cambia el mito

Ahora vuelve a mirar la figura que Saturno tiene entre las manos.

Hay algo extraño.

No parece un bebé.

Ni siquiera parece un niño pequeño.

El cuerpo tiene proporciones juveniles.

Y algunos especialistas han planteado incluso que podría tratarse del cuerpo de una mujer joven.

Eso resulta muy interesante.

Porque en el mito clásico Saturno se tragaba a sus hijos.

Goya no está intentando ilustrar fielmente una página de mitología.

Está utilizando el mito.

Lo transforma.

Lo hace más físico.

Más violento.

Más humano.

Y más difícil de explicar.

Mira también algo más.

Saturno no tiene corona.

No tiene cetro.

No tiene ningún atributo que diga:

«Soy un dios».

Si no conociéramos el título de la pintura, podríamos estar simplemente ante un enorme ser humano convertido en monstruo.

Ahora mira sus manos

Fíjate en los dedos.

Son enormes.

Están clavados sobre la espalda del cuerpo.

No lo sostiene delicadamente.

Lo agarra.

Casi parece que está desesperado por impedir que se le escape.

Y vuelve después a los ojos.

Aquí aparece una contradicción fantástica.

Saturno es físicamente poderosísimo.

La víctima está completamente indefensa.

Y sin embargo…

él parece aterrado.

El poderoso tiene miedo.

El verdugo tiene miedo.

El monstruo tiene miedo.

Eso hace que la pintura sea mucho más inquietante.

Si Saturno disfrutara tranquilamente de lo que está haciendo sería simplemente cruel.

Pero Goya pinta algo parecido a una compulsión.

Como si Saturno supiera que está haciendo algo horrible…

y aun así no pudiera detenerse.

Mira ahora la boca

No estamos viendo el comienzo de la acción.

Llegamos tarde.

El cuerpo ya no tiene cabeza.

Falta parte de un brazo.

Saturno está mordiendo el otro.

Eso significa que nuestra imaginación tiene que completar lo que ha ocurrido antes.

Y probablemente también lo que ocurrirá después.

Goya no necesita enseñarlo.

Nuestro cerebro hace el trabajo.

Y eso es importante para entender la potencia de esta imagen.

No todo está pintado.

Parte del horror ocurre dentro de nuestra cabeza.

Los colores

Ahora intenta olvidarte de la historia.

Mira solamente los colores.

¿Cuántos hay?

Muy pocos.

Negro.

Marrones.

Ocres.

Grises.

El tono pálido de la carne.

Y de repente…

el rojo de la sangre.

El rojo funciona precisamente porque casi todo lo demás está apagado.

No necesitas una enorme cantidad de sangre para llamar nuestra atención.

En medio de esa oscuridad, unos pocos rojos parecen muchísimo más intensos.

Observa también la luz.

No sabemos de dónde viene.

No hay vela.

No hay ventana.

No hay luna.

La luz simplemente aparece donde Goya la necesita.

Sobre el cuerpo.

Sobre las manos.

Sobre los ojos.

No está describiendo una iluminación realista.

Está construyendo una emoción.

Acércate ahora a la pintura

Si puedes hacerlo sin molestar a otros visitantes, acércate un poco.

Mira cómo está pintada.

Después de El Descendimiento de Van der Weyden, la diferencia resulta espectacular.

Van der Weyden podía pintar una lágrima minúscula.

Una joya.

Un bordado.

Una transparencia.

Cada detalle parecía controlado.

Aquí ocurre casi lo contrario.

Goya utiliza pinceladas enérgicas.

Manchas.

Arrastres de pintura.

Zonas resueltas con una libertad sorprendente.

No parece preocupado por conseguir una piel perfecta.

Ni una anatomía perfecta.

Ni un acabado elegante.

Quiere que sintamos la violencia del gesto.

Y recuerda que estamos alrededor de 1820.

Muchas de estas pinceladas parecen increíblemente modernas.

Hay fragmentos que podrían hacernos pensar en pintores expresionistas que trabajarían casi un siglo después.

Goya no necesita que la pintura sea bonita.

Necesita que funcione.

Y ahora viene la gran sorpresa

Este cuadro…

no era un cuadro.

Al menos no como lo estás viendo ahora.

Goya no compró un lienzo de este tamaño, lo colocó sobre un caballete y decidió pintar Saturno para exponerlo.

Lo pintó directamente sobre una pared de su propia casa.

La casa se llamaba la Quinta del Sordo.

Estaba situada a las afueras de Madrid, cerca del río Manzanares.

Goya la compró en 1819.

Y en dos habitaciones de aquella casa pintó directamente sobre las paredes un conjunto de catorce escenas.

Hoy las conocemos como las Pinturas Negras.

Saturno era una de ellas.

Así que intenta imaginar algo.

No estás viendo simplemente una imagen concebida para un museo.

Imagínate entrando en casa de Goya.

Caminando por una habitación.

Girando la cabeza…

y encontrándote esto en la pared.

Y no estaba solo

Saturno formaba parte de un mundo mucho más extraño.

En las paredes de la Quinta aparecían ancianos.

Brujas.

Rostros deformados.

Peregrinaciones inquietantes.

Personas luchando a garrotazos.

Figuras misteriosas.

Un perro que parece hundirse.

Escenas religiosas transformadas en visiones oscuras.

Muerte.

Violencia.

Vejez.

Miedo.

Superstición.

Goya no puso un cartel diciendo:

«Estas son mis Pinturas Negras».

Ese nombre es posterior.

Las llamamos así por la enorme presencia de pigmentos oscuros…

pero también por el carácter sombrío de muchas de las escenas.

Y aquí aparece uno de los grandes misterios de la historia del arte.

¿Por qué pintó Goya esto?

No lo sabemos.

Podemos proponer respuestas.

Pero ninguna explica completamente las Pinturas Negras.

Cuando las realizó, Goya tenía alrededor de setenta y cinco años.

Había vivido muchísimo.

Había sido pintor de corte.

Había retratado reyes.

Aristócratas.

Niños.

Fiestas.

Había conocido el éxito.

Pero también había sufrido una grave enfermedad que décadas antes lo había dejado sordo.

Había vivido la Guerra de la Independencia.

Había representado fusilamientos.

Cadáveres.

Hambre.

Tortura.

Había visto cómo las esperanzas políticas de su época terminaban chocando con violencia, represión y autoritarismo.

Todo eso forma parte del mundo en el que Goya pintó estas imágenes.

Pero debemos tener cuidado.

No podemos decir:

«Saturno significa exactamente esto».

No existe una explicación escrita por Goya.

No tenemos una carta donde diga:

«He pintado Saturno porque representa tal cosa».

Podemos interpretar.

No podemos asegurar.

Una posible lectura: el poder

Una de las interpretaciones más evidentes está dentro del propio mito.

Saturno tiene poder.

Y precisamente porque tiene poder…

vive aterrorizado ante la posibilidad de perderlo.

Así que destruye a la siguiente generación.

El poder se devora a sus propios hijos.

Podemos relacionarlo con tiranía.

Con gobiernos.

Con revoluciones.

Con generaciones anteriores que impiden avanzar a las siguientes.

Pero es una interpretación.

No una solución definitiva.

Otra lectura: el tiempo

Existe además una asociación tradicional entre Saturno y el Tiempo.

A lo largo de la historia, Saturno terminó relacionándose simbólicamente con el tiempo que todo lo consume.

Y desde esa perspectiva el cuadro adquiere otro significado.

El tiempo devora a todos sus hijos.

Es decir…

a nosotros.

Todo nace.

Todo envejece.

Todo desaparece.

Y eso hace especialmente inquietante que este cuadro fuera pintado por un Goya anciano.

¿Pensaba en la vejez?

¿En la muerte?

¿En su propia desaparición?

Es posible.

Pero de nuevo…

no lo sabemos.

¿Y si no significa una sola cosa?

Quizá esa sea una manera mejor de mirar las Pinturas Negras.

No buscar una contraseña secreta.

No pensar que existe una frase que traduzca perfectamente la pintura.

Puede hablarnos al mismo tiempo del poder.

Del miedo.

De la vejez.

De la violencia.

Del tiempo.

De la destrucción.

Y quizá Goya tampoco quisiera explicar exactamente nada.

Quizá simplemente quería pintar imágenes capaces de contener todas esas cosas.

Hay algo todavía más extraño debajo de Saturno

Ahora viene una curiosidad extraordinaria.

Los estudios realizados sobre las Pinturas Negras han descubierto que Goya pintó varias de ellas sobre otras decoraciones anteriores.

Debajo de las imágenes que vemos hoy existían otras pinturas.

Y debajo de Saturno…

había aparentemente la figura de un bailarín.

Piénsalo.

En la pared hubo primero una imagen posiblemente mucho más alegre o decorativa.

Después Goya la cubrió.

Y encima apareció este monstruo.

Es casi imposible imaginar un cambio de estado de ánimo más radical.

De un bailarín…

a Saturno devorando un cuerpo.

¿Cómo llegó una pared hasta el Museo del Prado?

Tenemos otro problema.

La Quinta del Sordo ya no existe.

Entonces…

¿cómo puede estar esta pintura delante de nosotros?

Décadas después de la muerte de Goya, la casa terminó en manos del banquero francés Frédéric Émile d’Erlanger.

Las pinturas estaban deteriorándose.

Y en 1874 encargó una operación tremendamente delicada al restaurador del Museo del Prado Salvador Martínez Cubells.

Había que separar las pinturas de las paredes.

Trasladarlas.

Y adherirlas a lienzos.

Es decir:

lo que tienes delante nació como una pintura mural.

Fue arrancada de un muro.

Transferida.

Restaurada.

Y transformada en el objeto móvil que hoy podemos colgar en un museo.

Durante ese proceso se perdieron zonas y fue necesario retocar otras.

Esto también significa que nunca podremos ver exactamente el Saturno que Goya contemplaba en su casa.

La obra que ha sobrevivido contiene también la historia de su traslado.

Y casi nadie quiso comprarlo

Después del traslado, las Pinturas Negras fueron presentadas en la Exposición Universal de París de 1878.

Hoy cuesta imaginarlo, pero prácticamente pasaron desapercibidas.

D’Erlanger terminó donándolas al Estado español en 1881.

Y finalmente llegaron al Museo del Prado.

Se exponen allí desde finales del siglo diecinueve.

Una decoración privada y extraña pintada sobre las paredes de una casa terminó convertida en uno de los conjuntos más famosos de la historia del arte.

El Prado tiene otro Saturno

Y aquí tienes una comparación fantástica que puedes hacer durante tu visita.

El Prado conserva otro Saturno devorando a un hijo.

Lo pintó Pedro Pablo Rubens casi dos siglos antes que Goya.

Si tienes oportunidad de verlo, compáralos.

El Saturno de Rubens pertenece claramente al mundo de la mitología clásica.

Es un dios.

Hay anatomía poderosa.

Hay una composición cuidadosamente construida.

Hay incluso referencias al planeta Saturno.

La violencia existe.

Pero sigue siendo una gran pintura mitológica destinada a una colección real.

Después vuelve mentalmente al Saturno de Goya.

Aquí desaparece prácticamente todo.

No necesitamos saber que es un dios.

No necesitamos un escenario.

No necesitamos belleza.

Goya reduce la historia a su esencia más brutal:

un ser aterrorizado destruyendo aquello que teme.

La comparación entre los dos demuestra algo maravilloso.

Dos artistas pueden contar exactamente el mismo mito y crear dos experiencias completamente distintas.

Ahora vuelve a los ojos

Terminemos donde empezamos.

Olvida durante unos segundos todo lo que te he contado.

Olvida a Crono.

Olvida a Júpiter.

Olvida la Quinta del Sordo.

Olvida la política.

Olvida las interpretaciones.

Mira otra vez los ojos de Saturno.

Después mira sus manos.

Y finalmente mira el cuerpo.

Pregúntate una cosa:

¿qué emoción ves?

¿Hambre?

¿Locura?

¿Miedo?

¿Desesperación?

¿Violencia?

¿Pánico?

Probablemente encontrarás varias al mismo tiempo.

Y quizá ahí esté la fuerza extraordinaria de esta pintura.

Goya no nos proporciona una respuesta cómoda.

Nos entrega una imagen.

Una imagen que pintó sobre la pared de su propia casa cuando era ya un anciano.

Una imagen que sobrevivió al edificio en el que nació.

Una imagen que fue arrancada de aquella pared.

Llevada a París.

Donada al Estado.

Y finalmente colocada delante de nosotros.

Dos siglos después seguimos mirándola…

y seguimos sin estar completamente seguros de qué significa.

Pero tampoco podemos apartar fácilmente la mirada.

Antes de marcharte, mira los ojos una última vez.

Quizá Saturno está aterrorizándonos.

O quizá…

estamos contemplando el rostro de alguien que acaba de descubrir que, por mucho poder que tenga, no puede detener el futuro.

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