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  • El jardín de las delicias: del Paraíso al Infierno

    Estás delante de una de las pinturas más extrañas, fascinantes y difíciles de explicar de todo el Museo del Prado.

    El jardín de las delicias, de El Bosco.

    Fue pintado aproximadamente entre 1490 y 1500.

    Y antes de intentar entender qué significa, quiero proponerte algo.

    No intentes mirarlo todo.

    Es imposible.

    Hay cientos de personajes, animales, frutas, edificios imposibles y pequeñas historias ocurriendo al mismo tiempo.

    Si intentas abarcarlo entero, probablemente acabarás perdido.

    Así que vamos a hacer lo contrario.

    Vamos a entrar poco a poco.

    De izquierda a derecha.

    Del principio del mundo…

    hasta el Infierno.

    Primero, aléjate

    Mira el tríptico completo.

    Un tríptico es simplemente una obra formada por tres paneles.

    El central es más grande y los dos laterales funcionan como puertas que pueden cerrarse sobre él.

    Abierto, como lo estás viendo ahora, El jardín de las delicias tiene más de tres metros de anchura.

    El panel izquierdo está lleno de verdes y azules.

    El central explota en colores, cuerpos y actividad.

    Y el derecho se sumerge en la oscuridad.

    Incluso antes de saber qué representa cada cosa, ya podemos leer una dirección.

    Luz.

    Placer.

    Oscuridad.

    Paraíso.

    Mundo humano.

    Infierno.

    Pero hay una sorpresa.

    Originalmente el cuadro también tenía algo que contar cuando estaba cerrado.

    Imagina ahora las puertas cerradas

    No puedes cerrar el tríptico delante de ti, pero imagínalo.

    Los colores desaparecen.

    En el reverso de las dos puertas, El Bosco pintó una imagen casi completamente gris.

    Dentro de una enorme esfera transparente aparece la Tierra.

    Todavía está medio vacía.

    No hay seres humanos.

    No hay ciudades.

    No hay historia.

    Estamos en el tercer día de la Creación, cuando según el Génesis Dios separa las aguas de la tierra y surge la vegetación.

    Y en una esquina, diminuto, aparece Dios creador.

    Hay algo maravilloso en esta idea.

    Cuando el tríptico está cerrado, el mundo está prácticamente vacío.

    Después se abren las puertas…

    y aparece una explosión de vida.

    Animales.

    Personas.

    Deseo.

    Placer.

    Violencia.

    Pecado.

    Castigo.

    Es casi como abrir el mundo.

    Ahora empieza por el panel izquierdo

    Mira abajo, aproximadamente en el centro.

    Encontrarás tres figuras.

    Un hombre desnudo está sentado en el suelo.

    Es Adán.

    Delante de él hay una mujer desnuda.

    Es Eva.

    Y entre ambos aparece una tercera figura que la toma de la mano.

    Es Dios.

    El Bosco representa el momento en el que Dios presenta Eva a Adán.

    Mira la expresión de Adán.

    Sus ojos están completamente concentrados en ella.

    Parece sorprendido.

    Quizá fascinado.

    Y aquí comienza algo fundamental para entender el resto del tríptico.

    El tema no es simplemente Adán y Eva.

    Es la relación entre hombre y mujer.

    El deseo.

    La reproducción.

    Y lo que la humanidad hará después con ese deseo.

    De hecho, los estudios técnicos han descubierto algo extraordinario.

    El Bosco había pensado inicialmente representar aquí otro momento: la creación de Eva.

    Después cambió de idea.

    Cubrió aquella primera composición y pintó la presentación de Eva a Adán.

    Es decir, debajo de la pintura visible existe una versión anterior de la historia.

    El artista cambió de opinión mientras trabajaba.

    Ahora mira el Paraíso

    Podríamos esperar un lugar perfectamente tranquilo.

    Pero el Paraíso de El Bosco es bastante raro.

    Busca animales.

    Hay aves.

    Ciervos.

    Animales exóticos.

    Criaturas que resultarían extraordinarias para un europeo del siglo quince.

    Y otras directamente fantásticas.

    El Bosco mezcla naturaleza real e imaginación con absoluta libertad.

    Ahora sube la mirada hasta la gran construcción rosada que aparece en medio del agua.

    Parece una mezcla de planta, fuente, mineral y edificio.

    Es la Fuente de los Cuatro Ríos.

    Tiene algo bellísimo…

    pero también algo inquietante.

    Busca dentro.

    Hay un ave oscura.

    Un búho o una lechuza.

    En la simbología que utiliza El Bosco, estas aves pueden asociarse con el mal.

    Así que incluso dentro del Paraíso parece esconderse una advertencia.

    El mal todavía no domina la escena.

    Pero ya está ahí.

    Mira también a los animales

    Hay otro detalle importante.

    No todos viven pacíficamente.

    Algunos se atacan.

    Hay depredadores.

    Hay animales devorando a otros.

    Esto hace que el Paraíso de El Bosco no sea exactamente el jardín inocente y perfecto que quizá imaginábamos.

    Algo parece estar mal desde el principio.

    Y eso nos prepara para el panel central.

    Porque ahora vamos a entrar en la parte más famosa del cuadro.

    Mira el panel central entero

    Lo primero que ves son personas desnudas.

    Muchísimas.

    Hombres.

    Mujeres.

    Personas de distintas apariencias.

    Están corriendo.

    Nadando.

    Abrazándose.

    Jugando.

    Entrando dentro de frutas.

    Montando animales.

    Escondiéndose dentro de estructuras transparentes.

    Parece una gigantesca fiesta.

    Y aquí aparece la gran pregunta.

    ¿Estamos viendo algo maravilloso… o algo terrible?

    Durante siglos se han propuesto muchísimas interpretaciones.

    Una especie de utopía sexual.

    Una celebración del amor.

    Una fantasía sobre cómo habría sido la humanidad sin el pecado original.

    Una denuncia de la lujuria.

    Una advertencia moral.

    El propio Museo del Prado insiste hoy en una lectura especialmente importante:

    este jardín sería un falso Paraíso.

    Las personas creen estar disfrutando.

    Pero sus placeres son frágiles.

    Y nosotros, que podemos ver simultáneamente el panel de la derecha, sabemos algo que ellos no parecen saber.

    Sabemos dónde termina la historia.

    En el Infierno.

    Busca ahora las frutas

    Hay frutas por todas partes.

    Fresas.

    Cerezas.

    Bayas.

    Frutos enormes.

    Algunas personas los transportan.

    Otras los comen.

    Otras se introducen dentro de ellos.

    Y fíjate en su tamaño.

    Son gigantescos.

    Una fruta puede ser casi tan grande como una persona.

    ¿Por qué?

    Porque la fruta tiene una característica perfecta para la idea que El Bosco quiere explorar.

    Es deliciosa.

    Dulce.

    Atractiva.

    Pero dura muy poco.

    Madura.

    Se estropea.

    Desaparece.

    El placer funciona de una manera parecida.

    Puede ser intenso…

    pero efímero.

    Algo que parece maravilloso durante unos segundos puede pudrirse inmediatamente después.

    Por eso estas enormes frutas pueden funcionar como símbolos de la fragilidad del placer.

    Busca ahora a los pájaros gigantes

    Este es uno de mis detalles favoritos.

    Hay aves mucho mayores que los seres humanos.

    Pájaros cargando personas.

    Personas alimentadas por aves.

    Hombres y mujeres interactuando con criaturas desproporcionadas.

    El Bosco altera continuamente las escalas.

    Una fresa puede ser enorme.

    Un pájaro puede ser gigantesco.

    Un ser humano puede meterse dentro de una fruta.

    Y eso produce una sensación muy parecida a la de los sueños.

    Dentro de un sueño nunca preguntamos:

    «¿Por qué ese pájaro mide dos metros?»

    Simplemente aceptamos las reglas.

    El jardín funciona así.

    Parece tener lógica.

    Pero cuando intentamos explicarla…

    se nos escapa.

    Ahora mira el centro del panel

    Busca una especie de estanque circular lleno de mujeres desnudas.

    Alrededor de ellas gira una procesión de hombres montados sobre animales.

    Caballos.

    Bestias exóticas.

    Criaturas fantásticas.

    Todos giran en círculo.

    Casi parece un carrusel.

    Pero el movimiento no conduce a ninguna parte.

    Siguen dando vueltas.

    Deseo alrededor del deseo.

    Placer alrededor del placer.

    Un ciclo que se repite.

    El Bosco organiza así el caos.

    De cerca vemos cientos de pequeñas historias.

    Pero cuando nos alejamos descubrimos formas geométricas.

    Círculos.

    Líneas.

    Construcciones simétricas.

    Lagos.

    Ejes.

    El cuadro parece descontrolado y, al mismo tiempo, está extraordinariamente organizado.

    Mira ahora el fondo

    Encontrarás cinco construcciones fantásticas elevándose sobre el agua.

    La central recuerda a la fuente que vimos en el Paraíso.

    Pero hay una diferencia.

    Está agrietada.

    Parece frágil.

    Eso es importante.

    El falso paraíso humano imita el Paraíso verdadero…

    pero está roto.

    Las personas que están disfrutando abajo quizá no lo advierten.

    Nosotros sí.

    Y otra vez aparece la misma idea.

    Todo parece precioso.

    Pero nada va a durar.

    Ahora busca dos ojos que te miran

    En este panel hay tantísimas personas concentradas unas en otras que resulta fácil sentir que nadie sabe que estamos observándolas.

    Pero El Bosco coloca algunas criaturas mirando directamente hacia nosotros.

    Busca las aves nocturnas.

    Un cárabo.

    Un mochuelo.

    Mientras todos los demás están ocupados disfrutando…

    ellos parecen mirarte.

    Es una sensación inquietante.

    Como si alguien dentro de aquel mundo supiera que nosotros estamos fuera.

    Antes de pasar al Infierno, detente un momento

    Mira la transición entre el panel central y el derecho.

    A la izquierda tenemos luz.

    Cielos azules.

    Agua.

    Verde.

    Piel.

    Fruta.

    Movimiento.

    Y de repente…

    todo cambia.

    El cielo se vuelve negro.

    Hay fuego.

    Los edificios arden.

    Las personas ya no disfrutan.

    Ahora sufren.

    Hemos llegado al panel derecho.

    Bienvenido al Infierno

    Esta parte suele conocerse como el Infierno musical.

    Y dentro de unos segundos entenderás por qué.

    Pero primero mira arriba.

    Hay una ciudad ardiendo.

    El fuego ilumina la noche.

    Pequeñas figuras huyen.

    Otras son atacadas.

    Todo aquello que parecía alegre en el jardín central ha desaparecido.

    Y aquí El Bosco hace algo extraordinario.

    No inventa un único castigo.

    Inventa decenas.

    Cada grupo parece estar viviendo su propia pesadilla.

    Es como una colección de pequeños relatos de terror.

    Busca al hombre-árbol

    Está aproximadamente en el centro.

    Es probablemente la criatura más famosa de esta parte del cuadro.

    Tiene una enorme cabeza humana.

    El rostro nos mira.

    Su cuerpo es una especie de cáscara de huevo rota.

    Las piernas son troncos de árbol.

    Los pies descansan sobre pequeñas barcas.

    Y dentro de su cuerpo hay una taberna.

    Sí.

    Una taberna dentro de un monstruo.

    Hay personas sentadas alrededor de una mesa.

    Los demonios les sirven criaturas desagradables.

    Este personaje se conoce como el hombre-árbol.

    Y observa algo inquietante.

    No parece gritar.

    No parece enfadado.

    Nos mira con una expresión casi tranquila.

    Eso lo hace todavía más extraño.

    El Bosco realizó además un dibujo independiente de un hombre-árbol muy parecido.

    Era una idea a la que dedicó bastante atención.

    Ahora mira debajo

    Busca una criatura con cabeza de pájaro.

    Es enorme.

    Está sentada sobre una especie de silla que parece también un orinal o un trono grotesco.

    Está devorando a una persona.

    Y después la expulsa por debajo.

    La víctima cae hacia una cavidad donde aparecen otros condenados.

    Es una de las imágenes más desagradables del cuadro.

    Y también una de las más deliberadamente absurdas.

    El Bosco combina terror y humor grotesco.

    Nos repugna…

    pero al mismo tiempo hay algo casi caricaturesco.

    El Infierno es horrible.

    Y ridículo.

    Ahora encuentra los instrumentos musicales

    Aquí aparece una de las grandes ironías del cuadro.

    Busca un laúd enorme.

    Un arpa.

    Instrumentos de viento.

    Un gran instrumento de cuerda.

    En nuestro mundo, la música suele proporcionar placer.

    Aquí los instrumentos se han convertido en máquinas de tortura.

    Hay cuerpos atrapados entre ellos.

    Personas aplastadas.

    Atadas.

    Crucificadas sobre cuerdas.

    Aquello que producía diversión ahora produce sufrimiento.

    Es una inversión típica de El Bosco.

    Los placeres del mundo central regresan convertidos en castigos.

    Por eso se habla de Infierno musical.

    Busca también los juegos

    Dados.

    Cartas.

    Objetos asociados al juego.

    Pero nadie está divirtiéndose.

    Lo que antes era entretenimiento se convierte otra vez en violencia.

    El Bosco construye muchos castigos siguiendo esa lógica:

    aquello de lo que abusaste…

    se vuelve contra ti.

    No hace falta memorizar qué pecado corresponde exactamente a cada personaje.

    Lo importante es comprender el mecanismo.

    Los placeres se transforman en trampas.

    Y ahora encuentra un cerdo vestido de monja

    Sí.

    Has oído bien.

    Mira la parte inferior derecha.

    Busca un cerdo.

    Lleva una especie de toca religiosa.

    Está abrazando a un hombre.

    Parece intentar conseguir que firme un documento.

    Es una imagen grotesca y probablemente crítica con determinados comportamientos del clero.

    Y este detalle nos recuerda algo fundamental sobre El Bosco.

    Su imaginación no nace simplemente de consumir sustancias extrañas o tener sueños delirantes, como a veces se cuenta de manera superficial.

    El Bosco conocía perfectamente su sociedad.

    Sus vicios.

    Sus proverbios.

    Sus símbolos.

    Sus miedos.

    Sus críticas religiosas.

    Sus supersticiones.

    Y utiliza todo ese material para construir un lenguaje visual absolutamente personal.

    ¿Quién era realmente El Bosco?

    Aquí tenemos otra curiosidad.

    El Bosco no se llamaba El Bosco.

    Su nombre era Jheronimus van Aken.

    Vivió en la ciudad de ‘s-Hertogenbosch, en los actuales Países Bajos.

    De ahí procede el nombre con el que acabó siendo conocido.

    Algo parecido a decir:

    «Jerónimo de Bosch».

    Pertenecía además a una familia de pintores.

    No era un personaje marginal viviendo aislado y produciendo visiones incomprensibles.

    Era un artista reconocido.

    Tuvo clientes importantes.

    Formó parte de la prestigiosa Hermandad de Nuestra Señora de su ciudad.

    Y sus obras terminaron en algunas de las colecciones más importantes de Europa.

    Y este cuadro probablemente no era para una iglesia

    Esto resulta muy interesante.

    Tiene forma de tríptico.

    Y solemos asociar los trípticos con altares.

    Pero todo indica que El jardín de las delicias fue encargado para un ambiente cortesano y privado, vinculado a Engelberto Segundo de Nassau.

    Eso cambia nuestra forma de imaginar a sus primeros espectadores.

    No necesariamente eran fieles rezando delante de un altar.

    Podían ser aristócratas reunidos alrededor de la pintura.

    Abriendo y cerrando las puertas.

    Observando detalles.

    Comentándolos.

    Discutiendo qué significaban.

    Quizá incluso divirtiéndose intentando descifrarlos.

    En cierto sentido…

    hacían exactamente lo mismo que estamos haciendo nosotros.

    Ya desconcertaba a la gente hace quinientos años

    Tenemos una prueba maravillosa.

    En 1517, solamente unas décadas después de haber sido pintado, un viajero italiano llamado Antonio de Beatis visitó el palacio de los Nassau en Bruselas.

    Vio esta obra.

    Y quedó sorprendido.

    Su descripción deja claro que aquellas escenas fantásticas eran tan extraordinarias que resultaba difícil explicarlas con palabras.

    Eso es fantástico porque demuestra algo.

    No somos nosotros, en el siglo veintiuno, quienes hemos olvidado el código secreto.

    El cuadro ya resultaba extraño en el siglo dieciséis.

    Fue diseñado para provocar conversación.

    Ahora vamos a hacer arqueología del cuadro

    Los investigadores modernos pueden mirar debajo de la pintura utilizando técnicas como la reflectografía infrarroja y la radiografía.

    Y han descubierto que El Bosco cambió bastantes cosas mientras trabajaba.

    Ya hemos visto una.

    En el Paraíso había comenzado representando la Creación de Eva y luego decidió mostrar su presentación a Adán.

    Pero hay más.

    Eliminó frutas.

    Modificó partes del paisaje.

    Cambió figuras.

    Y en el Infierno llegó a eliminar grandes criaturas fantásticas que había planteado inicialmente.

    Esto nos permite imaginar al Bosco trabajando.

    No tenía necesariamente toda esta locura perfectamente resuelta desde el primer día.

    Dibujaba.

    Probaba.

    Cambiaba.

    Tapaba.

    Inventaba otra cosa encima.

    La fantasía también se construye mediante ensayo y error.

    Ahora piensa en la técnica

    Todo esto está pintado sobre tablas de roble.

    No sobre lienzo.

    El Bosco utiliza óleo, que permite construir transparencias, pequeños detalles y colores muy ricos.

    Acércate, si puedes.

    Mira alguna figura diminuta.

    Una persona.

    Un pájaro.

    Una fruta.

    Un demonio.

    Muchas miden solamente unos centímetros.

    Y aun así tienen postura.

    Movimiento.

    Personalidad.

    Cuenta cuántas pequeñas historias puedes descubrir dentro de un fragmento del tamaño de tu mano.

    Ahora vuelve a alejarte.

    Esas cientos de miniaturas vuelven a formar un paisaje completo.

    El Bosco trabaja simultáneamente en dos escalas.

    De lejos, un mundo.

    De cerca, cientos de mundos.

    ¿Y qué significa finalmente El jardín de las delicias?

    Aquí debemos hacer lo mismo que hicimos con Saturno.

    Ser prudentes.

    No existe una frase escrita por El Bosco diciendo:

    «Mi cuadro significa exactamente esto».

    Y los historiadores llevan muchísimo tiempo discutiendo.

    Pero la interpretación que actualmente destaca el Museo del Prado ofrece una estructura bastante coherente.

    En el panel izquierdo se instituye la unión entre Adán y Eva.

    En el centro, la humanidad convierte el deseo en una búsqueda desenfrenada del placer.

    Ese jardín parece maravilloso…

    pero es falso.

    Los placeres son tan frágiles como las frutas que vemos por todas partes.

    Y finalmente llega el panel derecho.

    La consecuencia.

    El castigo.

    Paraíso. Placer. Infierno.

    Desde esta lectura, el cuadro no sería una celebración del libertinaje.

    Sería una enorme advertencia.

    Pero hay algo fascinante en esa advertencia

    Si El Bosco quería decirnos que no nos dejáramos seducir por los placeres…

    los pintó de una manera increíblemente seductora.

    Mira otra vez el panel central.

    Es precioso.

    Está lleno de color.

    De imaginación.

    De animales.

    De cuerpos.

    De agua.

    De frutas.

    De pequeñas escenas divertidas.

    Nuestra mirada quiere quedarse ahí.

    Y quizá precisamente ese sea el mecanismo.

    El Bosco nos hace sentir la tentación.

    Nos enseña algo atractivo…

    y después coloca el Infierno justo al lado.

    No nos dice solamente:

    «El placer puede engañarte».

    Hace que experimentemos visualmente ese engaño.

    Y ahora viene España

    La obra perteneció a la poderosa familia Nassau.

    Después pasó por distintas manos.

    En 1568 fue confiscada en Bruselas por el duque de Alba, Fernando Álvarez de Toledo.

    Acabó posteriormente en manos de su hijo Fernando de Toledo.

    Y en 1591, Felipe Segundo la compró durante la venta de sus bienes.

    Felipe Segundo sentía un enorme interés por la pintura de El Bosco.

    Dos años después, en 1593, envió el tríptico al monasterio de San Lorenzo de El Escorial.

    Allí permaneció durante siglos.

    En 1933 fue trasladado al Museo del Prado.

    Y aquí sigue.

    Técnicamente pertenece a Patrimonio Nacional y está depositado permanentemente en el museo.

    Así que una obra creada para la corte de los Nassau en el norte de Europa acabó convirtiéndose en uno de los grandes iconos culturales de Madrid.

    Ahora vamos a terminar de una forma diferente

    Quiero que vuelvas a alejarte.

    Mira los tres paneles simultáneamente.

    No busques detalles.

    Mira solamente el cambio de color.

    A la izquierda nace un mundo.

    En el centro ese mundo está completamente ocupado por seres humanos.

    A la derecha…

    arde.

    Después vuelve al panel izquierdo.

    Adán mira a Eva.

    Todavía no ha ocurrido nada.

    El futuro está abierto.

    Mueve ahora lentamente los ojos hacia el centro.

    La humanidad se multiplica.

    Juega.

    Desea.

    Come.

    Toca.

    Corre.

    Se divierte.

    Todo parece ligero.

    Y sigue moviendo los ojos hacia la derecha.

    La fiesta ha terminado.

    Pero antes de marcharte, elige un personaje

    Esta vez no voy a decirte dónde mirar.

    Busca cualquier personaje del cuadro.

    Uno cualquiera.

    Puede estar dentro de una fruta.

    Montando un animal.

    Nadando.

    Escondido en una estructura.

    Siendo torturado por un instrumento musical.

    Sentado dentro del hombre-árbol.

    No importa.

    Encuentra uno.

    Y durante unos segundos imagina que todo el resto del cuadro desaparece.

    Solamente existe ese personaje.

    ¿Qué está haciendo?

    ¿Qué acaba de pasar?

    ¿Qué ocurrirá dentro de cinco segundos?

    El Bosco nunca te lo explica.

    Y ahí reside buena parte de su poder.

    Ha creado cientos de historias…

    pero ha terminado muy pocas.

    Nos obliga a completarlas.

    Una última mirada

    Hay cuadros que admiramos por su belleza.

    Otros por su técnica.

    Otros porque cuentan perfectamente una historia.

    El jardín de las delicias hace algo diferente.

    Nos obliga a mirar.

    A acercarnos.

    A alejarnos.

    A descubrir.

    A interpretar.

    A equivocarnos.

    A volver a mirar.

    Más de quinientos años después seguimos discutiendo qué significa.

    Y quizá nunca encontremos una única respuesta.

    Pero piensa en lo extraordinario que es eso.

    El Bosco murió en 1516.

    Su mundo desapareció.

    Sus palabras desaparecieron.

    Las personas que encargaron este cuadro desaparecieron.

    Los palacios cambiaron.

    Los imperios cambiaron.

    Las creencias cambiaron.

    Y sin embargo estas pequeñas criaturas siguen aquí.

    Montando pájaros.

    Comiendo fresas.

    Entrando en frutas.

    Tocando instrumentos.

    Quemándose en el Infierno.

    Esperando que alguien se acerque para descubrirlas.

    Antes de marcharte, mira una última vez el panel central.

    Después el Infierno.

    Y hazte tú mismo la pregunta que lleva más de cinco siglos persiguiendo a este cuadro:

    ¿El Bosco quiere que tengamos miedo de este jardín…

    o quiere demostrar lo difícil que resulta dejar de mirarlo?

  • La Anunciación: un cuadro que empieza con una expulsión

    Estás delante de La Anunciación, de Fra Angelico.

    Fue pintada hacia 1425 o 1426.

    Y antes de mirar al ángel.

    Antes de mirar a la Virgen.

    Antes incluso de intentar entender qué está sucediendo…

    quiero que mires a la izquierda del cuadro.

    Busca entre los árboles.

    Allí encontrarás a un hombre y una mujer.

    Son Adán y Eva.

    Están siendo expulsados del Paraíso.

    Y quizá estés pensando:

    ¿Qué hacen Adán y Eva en un cuadro sobre la Anunciación?

    Esa pregunta es precisamente la puerta de entrada a toda la pintura.

    Porque Fra Angelico no está representando solamente un instante.

    Está intentando resumir, dentro de una única imagen, una historia que para el cristianismo abarca prácticamente toda la humanidad.

    A la izquierda:

    la pérdida.

    A la derecha:

    la posibilidad de salvación.

    Vamos a recorrerla.

    Primero, mira el cuadro entero

    Aléjate un poco.

    La obra es casi cuadrada.

    Mide aproximadamente un metro noventa de alto y otro tanto de ancho.

    Está pintada sobre madera.

    Y enseguida notarás que tiene dos mundos muy diferentes.

    A la izquierda hay naturaleza.

    Árboles.

    Flores.

    Vegetación.

    Adán y Eva.

    A la derecha aparece una arquitectura ordenada.

    Columnas.

    Arcos.

    Bóvedas azules.

    Y debajo de ellas, dos figuras casi inmóviles.

    El arcángel Gabriel.

    Y la Virgen María.

    Dos escenas.

    Pero una sola historia.

    ¿Qué es exactamente una Anunciación?

    La escena procede del Evangelio de Lucas.

    María es una joven de Nazaret.

    El arcángel Gabriel se presenta ante ella y le comunica que tendrá un hijo.

    Ese hijo será Jesús.

    Así de sencillo.

    Y, al mismo tiempo, para un espectador cristiano del siglo quince, así de trascendental.

    Porque este sería el momento en el que comienza la Encarnación:

    Dios haciéndose humano.

    Fra Angelico no pinta el nacimiento de Jesús.

    Ni siquiera pinta a Jesús.

    Pinta el instante inmediatamente anterior.

    Una conversación.

    Una noticia.

    Un sí.

    Y de ese momento aparentemente tranquilo depende todo lo que vendrá después.

    Ahora mira a Gabriel

    Está a la izquierda del pórtico.

    Se inclina ante María.

    Tiene los brazos cruzados sobre el pecho.

    Y unas enormes alas.

    Pero fíjate en algo.

    No entra violentamente.

    No parece haber sorprendido a María con una aparición espectacular.

    Todo sucede con una calma extraordinaria.

    Gabriel inclina el cuerpo.

    María responde con un gesto muy parecido.

    Casi parece que ambos se estén saludando.

    Ahora compara sus brazos.

    Gabriel cruza las manos sobre el pecho.

    María hace prácticamente lo mismo.

    Como ocurría con Cristo y la Virgen en El Descendimiento, el pintor utiliza dos cuerpos para establecer una relación.

    Aquí, sin embargo, no hablan del dolor.

    Hablan de aceptación.

    El ángel anuncia.

    María escucha.

    Mira ahora el regazo de María

    Hay un libro.

    María estaba leyendo.

    La llegada del ángel ha interrumpido la lectura.

    Este detalle aparece muchas veces en las representaciones de la Anunciación.

    El libro puede entenderse como referencia a las Escrituras.

    María estaba leyendo las palabras que anunciaban aquello que, de repente, está comenzando a suceder delante de ella.

    Es una idea preciosa.

    La profecía deja de ser un texto.

    Y se convierte en presente.

    Ahora busca algo mucho más pequeño

    Mira la esquina superior izquierda del cuadro.

    Por encima del jardín.

    Encontrarás unas manos.

    Son las manos de Dios.

    Y de ellas sale diagonalmente un rayo de luz.

    Sigue ese rayo con los ojos.

    Viaja de izquierda a derecha.

    Cruza el cuadro.

    Y en medio del haz encontrarás una pequeña paloma.

    La paloma representa al Espíritu Santo.

    Ahora sigue recorriendo la línea.

    ¿Hacia dónde va?

    Hacia María.

    Y concretamente hacia su cabeza.

    La tradición que representa Fra Angelico relaciona la concepción con la palabra de Dios.

    María escucha.

    La palabra entra.

    Y la Encarnación comienza.

    Todo esto ocurre dentro de una pequeña línea diagonal que mucha gente ni siquiera descubre al mirar el cuadro por primera vez.

    Ahora ya sabes que está ahí.

    Y probablemente no podrás dejar de verla.

    Vuelve ahora a Adán y Eva

    Tenemos que solucionar nuestro primer misterio.

    ¿Por qué están ahí?

    Según el relato del Génesis, Adán y Eva vivían en el Paraíso.

    Pero desobedecieron a Dios.

    Y fueron expulsados.

    Ese acontecimiento representa, dentro de la tradición cristiana, la entrada del pecado en la humanidad.

    Ahora mira la escena de la derecha.

    María acepta ser madre de Cristo.

    Y Cristo vendrá, según esa misma tradición, para redimir a la humanidad.

    Por eso Fra Angelico coloca las dos escenas juntas.

    A la izquierda aparece el problema.

    A la derecha comienza la solución.

    Adán y Eva salen del Paraíso.

    Gabriel entra en la vida de María.

    La humanidad cae.

    Y la humanidad comienza a ser redimida.

    En un solo cuadro estamos viendo simbólicamente el principio y el final de una enorme historia.

    Y hay una comparación todavía más interesante

    Fíjate especialmente en las dos mujeres.

    Eva.

    Y María.

    Dentro del pensamiento cristiano medieval existía un paralelismo muy importante entre ambas.

    Eva desobedece.

    María acepta.

    A través de Eva llega la caída.

    A través de María comienza la redención.

    No hace falta que compartamos esa creencia religiosa para entender el mecanismo visual.

    Fra Angelico está construyendo una especie de enorme contraste.

    Una mujer sale del jardín.

    Otra recibe al ángel.

    Una historia se cierra.

    Otra empieza.

    Mira ahora el jardín

    Acércate un poco.

    Esta parte es maravillosa.

    Hay muchísimas plantas.

    Flores.

    Hojas.

    Árboles.

    Fra Angelico era extraordinariamente cuidadoso con esos pequeños detalles.

    Recuerda que estamos en el siglo quince.

    Estamos ante una tabla pintada hace unos seiscientos años.

    Y aun así podemos distinguir pequeñas especies vegetales, flores minúsculas y hojas individualizadas.

    El jardín no es simplemente decoración.

    En la pintura religiosa de la época, el jardín cerrado podía simbolizar también la pureza de María.

    Pero hay algo que me interesa todavía más.

    Compara este jardín con el espacio donde están Gabriel y María.

    Naturaleza abundante a un lado.

    Arquitectura ordenada al otro.

    Dos mundos distintos unidos dentro de la misma superficie.

    Ahora mira las columnas

    Pueden parecernos simplemente bonitas.

    Pero en la década de 1420 estaban ocurriendo cosas revolucionarias en Florencia.

    Los artistas estaban intentando representar el espacio de una manera nueva.

    Arquitectos como Filippo Brunelleschi estaban transformando la arquitectura.

    Y los pintores comenzaban a investigar seriamente la perspectiva.

    Cómo conseguir que una tabla completamente plana parezca contener un espacio tridimensional.

    Mira el suelo.

    Las columnas.

    Los arcos.

    La habitación que se abre detrás de María.

    Todo intenta conducir nuestra mirada hacia el interior.

    Fra Angelico pertenece a un momento fascinante porque todavía podemos encontrar elementos medievales…

    y al mismo tiempo vemos cómo está naciendo el Renacimiento.

    Medieval y moderno a la vez

    Mira los dorados.

    Los colores preciosos.

    Las alas del ángel.

    Los halos.

    El refinamiento casi de joya de algunos detalles.

    Eso pertenece todavía al mundo del gótico tardío.

    Pero mira después el espacio.

    La arquitectura.

    La profundidad.

    Los cuerpos que intentan ocupar un lugar real.

    Eso mira ya hacia el Renacimiento.

    Por eso esta pintura es tan interesante.

    No tienes delante un mundo medieval que desaparece de repente y otro renacentista que aparece de golpe.

    La historia del arte casi nunca funciona así.

    Los estilos se mezclan.

    Los artistas prueban cosas.

    Mantienen unas tradiciones y abandonan otras.

    Fra Angelico está justo en medio de uno de esos momentos de transformación.

    ¿Quién era Fra Angelico?

    Y aquí tenemos una buena historia.

    Fra Angelico no se llamaba realmente Fra Angelico.

    Su nombre era Guido di Pietro.

    Además de pintor, fue fraile dominico.

    Al entrar en la orden tomó el nombre de Fra Giovanni da Fiesole.

    El nombre por el que lo conocemos hoy, Fra Angelico, se popularizó posteriormente.

    Y no es casual que prácticamente toda su producción artística sea religiosa.

    Para él, pintar no estaba separado de su vida espiritual.

    La pintura podía ser también una forma de devoción.

    Eso quizá explique la extraña sensación de calma que tienen muchas de sus obras.

    Incluso cuando representa acontecimientos sobrenaturales, no necesita convertirlos en espectáculo.

    Gabriel no aparece entre rayos y truenos.

    María no cae aterrorizada.

    Todo sucede casi en silencio.

    Ahora mira el azul

    Especialmente las bóvedas.

    Son de un azul intensísimo.

    Y aparecen salpicadas de pequeñas estrellas.

    Después mira el manto de María.

    Azul otra vez.

    En la pintura medieval y renacentista, los materiales utilizados para conseguir ciertos colores podían ser extraordinariamente costosos.

    Los colores no eran simplemente una elección estética.

    También podían demostrar la importancia de una figura, el prestigio de una obra y el dinero invertido en ella.

    Y ahora compara ese azul con los rosas y dorados del ángel.

    Fra Angelico organiza también la escena mediante el color.

    Gabriel destaca.

    María destaca.

    Pero ninguno rompe la sensación general de armonía.

    Ahora mira las alas

    Acércate a Gabriel si puedes.

    Las alas son uno de esos detalles ante los que merece la pena detenerse.

    Parecen decorativas.

    Pero mira cómo Fra Angelico intenta hacerlas creíbles.

    Hay plumas.

    Hay variaciones de color.

    Hay una estructura.

    Es una criatura imposible…

    pintada con atención casi naturalista.

    Y aquí podemos introducir una curiosidad mucho más reciente.

    Durante siglos, el cuadro sufrió suciedad, barnices envejecidos y distintas restauraciones.

    En una intervención moderna del Museo del Prado, terminada en 2019, los restauradores descubrieron que una antigua reparación había alterado especialmente una de las alas de Gabriel.

    La tabla había sufrido una separación justo en esa zona.

    Para disimular el daño se habían añadido repintes.

    Y esos repintes llegaron a cambiar la forma original del ala.

    Al retirarlos cuidadosamente…

    reapareció la curva que Fra Angelico había pintado originalmente.

    Así que parte de lo que estás viendo ahora llevaba muchísimo tiempo escondido.

    Y el cuadro recuperó también su luz

    La restauración reciente no buscó convertir la pintura en algo nuevo.

    Buscó retirar aquello que el tiempo había ido depositando sobre ella.

    Suciedad.

    Polución.

    Barnices.

    Antiguos retoques.

    Cuando se eliminaron esas capas, reaparecieron colores mucho más intensos.

    Especialmente una luz blanca que envuelve la escena.

    Eso nos recuerda algo que ya descubrimos con la Mona Lisa del Prado.

    Los cuadros antiguos no llegan intactos hasta nosotros.

    Envejecen.

    Se ensucian.

    Se restauran.

    Se modifican.

    Y muchas veces nuestra idea de cómo era una pintura histórica depende también del trabajo de científicos y restauradores.

    Pero todavía no hemos terminado el cuadro

    Baja ahora la mirada.

    Debajo de la gran escena principal hay una franja con pequeñas pinturas.

    Se llama predela.

    Piensa en ella como una especie de cómic situado bajo el cuadro principal.

    Hay varias escenas consecutivas de la vida de María.

    Su nacimiento y matrimonio.

    La visita a Isabel.

    La Adoración.

    La Presentación de Jesús en el templo.

    Y finalmente el final de la vida de María.

    Así que el gran panel superior nos muestra un instante decisivo…

    y debajo aparece una secuencia narrativa.

    La pintura principal funciona casi como una portada.

    La predela desarrolla la historia.

    Si tienes tiempo, acércate y observa estas pequeñas escenas.

    El tamaño cambia radicalmente.

    Y sin embargo Fra Angelico sigue incluyendo arquitectura, personajes, objetos y pequeños gestos.

    Aquí se nota también su experiencia como iluminador.

    Su capacidad para contar muchísimo dentro de espacios muy reducidos.

    Y ahora imagina dónde estaba originalmente

    Esta obra no fue pintada para un museo.

    Fue realizada para el convento de Santo Domingo de Fiesole, cerca de Florencia.

    Era un retablo.

    Eso significa que formaba parte de un espacio religioso.

    Las personas que la contemplaban originalmente no llegaban con una entrada de museo.

    No estaban haciendo turismo.

    La veían dentro de un contexto de oración y liturgia.

    Esto cambia nuestra manera de pensar el cuadro.

    Para nosotros es una obra maestra del Renacimiento.

    Para muchos de sus primeros espectadores era además un objeto religioso activo.

    Una imagen ante la que rezar.

    ¿Y cómo acabó en Madrid?

    La historia vuelve a ser interesante.

    La obra permaneció en Fiesole hasta comienzos del siglo diecisiete.

    Entonces salió de Italia.

    Fue adquirida por Mario Farnese para regalarla a Francisco de Sandoval y Rojas.

    Quizá ese nombre no te diga demasiado.

    Pero su título sí puede sonarte:

    duque de Lerma.

    Fue uno de los personajes más poderosos de la corte de Felipe Tercero.

    Después la obra terminó en el monasterio de las Descalzas Reales de Madrid.

    Más tarde pasó a manos reales.

    Y en 1861 Isabel Segunda la cedió al Museo del Prado.

    Así que este pequeño fragmento del Renacimiento florentino terminó formando parte de una de las grandes colecciones españolas.

    Ahora vamos a mirar el cuadro una última vez

    Aléjate.

    Y esta vez intenta olvidarte de los detalles.

    Mira solamente la dirección de la historia.

    Empieza arriba a la izquierda.

    Las manos de Dios.

    De ellas nace un rayo.

    El rayo atraviesa el espacio.

    Dentro viaja la paloma.

    La línea llega hasta María.

    Debajo, Gabriel se inclina.

    María responde.

    Y mientras todo eso sucede…

    a nuestra izquierda Adán y Eva están abandonando el Paraíso.

    Es casi como si todo el cuadro tuviera una dirección.

    Del pecado…

    hacia la redención.

    De la expulsión…

    hacia una nueva posibilidad.

    Del pasado…

    hacia el futuro.

    Y fíjate en algo extraordinario

    En Saturno, Goya necesitaba oscuridad.

    Violencia.

    Sangre.

    Un cuerpo mutilado.

    En El Descendimiento, Van der Weyden necesitaba lágrimas y cuerpos vencidos por el dolor.

    Fra Angelico hace exactamente lo contrario.

    El acontecimiento que está representando, desde el punto de vista cristiano, cambiará la historia del mundo.

    Y sin embargo…

    casi nada ocurre.

    Dos personas están sentadas o inclinadas bajo un pórtico.

    Una habla.

    La otra escucha.

    No hay explosiones.

    No hay multitudes.

    No hay drama físico.

    Solamente silencio.

    Luz.

    Arquitectura.

    Y un pequeño rayo que atraviesa la pintura.

    Quizá esa sea la gran lección de esta obra.

    Un pintor no necesita mostrar mucho movimiento para contar algo enorme.

    A veces puede hacer exactamente lo contrario.

    Detenerlo todo.

    Antes de marcharte, busca una última vez a Adán y Eva.

    Después sigue el rayo.

    Encuentra la paloma.

    Y termina mirando a María.

    Si recuerdas solamente una idea de esta pintura, que sea esta:

    a la izquierda, la humanidad pierde el Paraíso.

    A la derecha, según el relato cristiano, empieza el camino para recuperarlo.

    Y Fra Angelico consigue contar toda esa historia…

    sin necesidad de que nadie pronuncie una sola palabra.

  • Saturno devorando a su hijo: el monstruo que Goya pintó en su casa

    Estás delante de una de las imágenes más perturbadoras de todo el Museo del Prado.

    Saturno, de Francisco de Goya.

    Fue pintado entre aproximadamente 1820 y 1823.

    Pero antes de contarte quién es ese monstruo, qué está haciendo o por qué Goya decidió representarlo así…

    haz una cosa.

    Mírale los ojos.

    No mires todavía el cuerpo que tiene entre las manos.

    Mira solamente sus ojos.

    Están completamente abiertos.

    Desorbitados.

    No parecen los ojos de un dios poderoso.

    Parecen los ojos de alguien dominado por el terror.

    Y esta será nuestra primera pista.

    Porque aunque estamos viendo a Saturno devorando a uno de sus hijos…

    quizá el personaje que tiene más miedo en este cuadro sea precisamente Saturno.

    Ahora mira la escena completa

    Aléjate un poco.

    El cuadro es alto y estrecho.

    Mide aproximadamente un metro cuarenta y tres de alto por ochenta y un centímetros de ancho.

    En medio de una oscuridad casi absoluta aparece un gigante desnudo.

    Está agachado.

    Tiene el cabello desordenado.

    Las piernas flexionadas.

    Los dedos clavados sobre un cuerpo mutilado.

    Y acaba de arrancarle parte de uno de los brazos.

    Hay sangre.

    Mucha más de la que solemos encontrar en la pintura mitológica tradicional.

    No hay paisaje.

    No hay palacio.

    No hay trono.

    No hay otros dioses.

    No hay prácticamente nada que nos permita saber dónde estamos.

    Solamente existe Saturno.

    Su víctima.

    Y la oscuridad.

    Es casi como si Goya hubiera encendido una linterna durante un segundo y nos hubiera permitido descubrir algo que estaba ocurriendo en mitad de la noche.

    Algo que quizá no deberíamos haber visto.

    ¿Quién es Saturno?

    Ahora necesitamos conocer la historia.

    Saturno es el equivalente romano del dios griego Crono.

    Según el mito, Crono había destronado a su propio padre.

    Pero recibió una profecía terrible:

    uno de sus hijos haría exactamente lo mismo con él.

    Lo destronaría.

    Así que Saturno intenta evitar el futuro de la manera más monstruosa posible.

    Cada vez que nace uno de sus hijos…

    se lo traga.

    Su objetivo no es alimentarse.

    Es conservar el poder.

    Mientras sus hijos estén dentro de él, ninguno podrá sustituirlo.

    Pero su esposa, Rea —Cibeles en la tradición romana— consigue salvar a uno.

    Júpiter.

    En lugar de entregarle al recién nacido, engaña a Saturno dándole una piedra envuelta en pañales.

    Júpiter crece oculto.

    Y finalmente la profecía se cumple.

    Derrota a su padre.

    Saturno hace todo lo posible por impedir el futuro…

    y fracasa.

    Recuerda esa idea.

    Porque quizá sea más importante que la sangre.

    Un ser poderoso destruye aquello que podría sucederle porque tiene miedo de perder el poder.

    Pero Goya cambia el mito

    Ahora vuelve a mirar la figura que Saturno tiene entre las manos.

    Hay algo extraño.

    No parece un bebé.

    Ni siquiera parece un niño pequeño.

    El cuerpo tiene proporciones juveniles.

    Y algunos especialistas han planteado incluso que podría tratarse del cuerpo de una mujer joven.

    Eso resulta muy interesante.

    Porque en el mito clásico Saturno se tragaba a sus hijos.

    Goya no está intentando ilustrar fielmente una página de mitología.

    Está utilizando el mito.

    Lo transforma.

    Lo hace más físico.

    Más violento.

    Más humano.

    Y más difícil de explicar.

    Mira también algo más.

    Saturno no tiene corona.

    No tiene cetro.

    No tiene ningún atributo que diga:

    «Soy un dios».

    Si no conociéramos el título de la pintura, podríamos estar simplemente ante un enorme ser humano convertido en monstruo.

    Ahora mira sus manos

    Fíjate en los dedos.

    Son enormes.

    Están clavados sobre la espalda del cuerpo.

    No lo sostiene delicadamente.

    Lo agarra.

    Casi parece que está desesperado por impedir que se le escape.

    Y vuelve después a los ojos.

    Aquí aparece una contradicción fantástica.

    Saturno es físicamente poderosísimo.

    La víctima está completamente indefensa.

    Y sin embargo…

    él parece aterrado.

    El poderoso tiene miedo.

    El verdugo tiene miedo.

    El monstruo tiene miedo.

    Eso hace que la pintura sea mucho más inquietante.

    Si Saturno disfrutara tranquilamente de lo que está haciendo sería simplemente cruel.

    Pero Goya pinta algo parecido a una compulsión.

    Como si Saturno supiera que está haciendo algo horrible…

    y aun así no pudiera detenerse.

    Mira ahora la boca

    No estamos viendo el comienzo de la acción.

    Llegamos tarde.

    El cuerpo ya no tiene cabeza.

    Falta parte de un brazo.

    Saturno está mordiendo el otro.

    Eso significa que nuestra imaginación tiene que completar lo que ha ocurrido antes.

    Y probablemente también lo que ocurrirá después.

    Goya no necesita enseñarlo.

    Nuestro cerebro hace el trabajo.

    Y eso es importante para entender la potencia de esta imagen.

    No todo está pintado.

    Parte del horror ocurre dentro de nuestra cabeza.

    Los colores

    Ahora intenta olvidarte de la historia.

    Mira solamente los colores.

    ¿Cuántos hay?

    Muy pocos.

    Negro.

    Marrones.

    Ocres.

    Grises.

    El tono pálido de la carne.

    Y de repente…

    el rojo de la sangre.

    El rojo funciona precisamente porque casi todo lo demás está apagado.

    No necesitas una enorme cantidad de sangre para llamar nuestra atención.

    En medio de esa oscuridad, unos pocos rojos parecen muchísimo más intensos.

    Observa también la luz.

    No sabemos de dónde viene.

    No hay vela.

    No hay ventana.

    No hay luna.

    La luz simplemente aparece donde Goya la necesita.

    Sobre el cuerpo.

    Sobre las manos.

    Sobre los ojos.

    No está describiendo una iluminación realista.

    Está construyendo una emoción.

    Acércate ahora a la pintura

    Si puedes hacerlo sin molestar a otros visitantes, acércate un poco.

    Mira cómo está pintada.

    Después de El Descendimiento de Van der Weyden, la diferencia resulta espectacular.

    Van der Weyden podía pintar una lágrima minúscula.

    Una joya.

    Un bordado.

    Una transparencia.

    Cada detalle parecía controlado.

    Aquí ocurre casi lo contrario.

    Goya utiliza pinceladas enérgicas.

    Manchas.

    Arrastres de pintura.

    Zonas resueltas con una libertad sorprendente.

    No parece preocupado por conseguir una piel perfecta.

    Ni una anatomía perfecta.

    Ni un acabado elegante.

    Quiere que sintamos la violencia del gesto.

    Y recuerda que estamos alrededor de 1820.

    Muchas de estas pinceladas parecen increíblemente modernas.

    Hay fragmentos que podrían hacernos pensar en pintores expresionistas que trabajarían casi un siglo después.

    Goya no necesita que la pintura sea bonita.

    Necesita que funcione.

    Y ahora viene la gran sorpresa

    Este cuadro…

    no era un cuadro.

    Al menos no como lo estás viendo ahora.

    Goya no compró un lienzo de este tamaño, lo colocó sobre un caballete y decidió pintar Saturno para exponerlo.

    Lo pintó directamente sobre una pared de su propia casa.

    La casa se llamaba la Quinta del Sordo.

    Estaba situada a las afueras de Madrid, cerca del río Manzanares.

    Goya la compró en 1819.

    Y en dos habitaciones de aquella casa pintó directamente sobre las paredes un conjunto de catorce escenas.

    Hoy las conocemos como las Pinturas Negras.

    Saturno era una de ellas.

    Así que intenta imaginar algo.

    No estás viendo simplemente una imagen concebida para un museo.

    Imagínate entrando en casa de Goya.

    Caminando por una habitación.

    Girando la cabeza…

    y encontrándote esto en la pared.

    Y no estaba solo

    Saturno formaba parte de un mundo mucho más extraño.

    En las paredes de la Quinta aparecían ancianos.

    Brujas.

    Rostros deformados.

    Peregrinaciones inquietantes.

    Personas luchando a garrotazos.

    Figuras misteriosas.

    Un perro que parece hundirse.

    Escenas religiosas transformadas en visiones oscuras.

    Muerte.

    Violencia.

    Vejez.

    Miedo.

    Superstición.

    Goya no puso un cartel diciendo:

    «Estas son mis Pinturas Negras».

    Ese nombre es posterior.

    Las llamamos así por la enorme presencia de pigmentos oscuros…

    pero también por el carácter sombrío de muchas de las escenas.

    Y aquí aparece uno de los grandes misterios de la historia del arte.

    ¿Por qué pintó Goya esto?

    No lo sabemos.

    Podemos proponer respuestas.

    Pero ninguna explica completamente las Pinturas Negras.

    Cuando las realizó, Goya tenía alrededor de setenta y cinco años.

    Había vivido muchísimo.

    Había sido pintor de corte.

    Había retratado reyes.

    Aristócratas.

    Niños.

    Fiestas.

    Había conocido el éxito.

    Pero también había sufrido una grave enfermedad que décadas antes lo había dejado sordo.

    Había vivido la Guerra de la Independencia.

    Había representado fusilamientos.

    Cadáveres.

    Hambre.

    Tortura.

    Había visto cómo las esperanzas políticas de su época terminaban chocando con violencia, represión y autoritarismo.

    Todo eso forma parte del mundo en el que Goya pintó estas imágenes.

    Pero debemos tener cuidado.

    No podemos decir:

    «Saturno significa exactamente esto».

    No existe una explicación escrita por Goya.

    No tenemos una carta donde diga:

    «He pintado Saturno porque representa tal cosa».

    Podemos interpretar.

    No podemos asegurar.

    Una posible lectura: el poder

    Una de las interpretaciones más evidentes está dentro del propio mito.

    Saturno tiene poder.

    Y precisamente porque tiene poder…

    vive aterrorizado ante la posibilidad de perderlo.

    Así que destruye a la siguiente generación.

    El poder se devora a sus propios hijos.

    Podemos relacionarlo con tiranía.

    Con gobiernos.

    Con revoluciones.

    Con generaciones anteriores que impiden avanzar a las siguientes.

    Pero es una interpretación.

    No una solución definitiva.

    Otra lectura: el tiempo

    Existe además una asociación tradicional entre Saturno y el Tiempo.

    A lo largo de la historia, Saturno terminó relacionándose simbólicamente con el tiempo que todo lo consume.

    Y desde esa perspectiva el cuadro adquiere otro significado.

    El tiempo devora a todos sus hijos.

    Es decir…

    a nosotros.

    Todo nace.

    Todo envejece.

    Todo desaparece.

    Y eso hace especialmente inquietante que este cuadro fuera pintado por un Goya anciano.

    ¿Pensaba en la vejez?

    ¿En la muerte?

    ¿En su propia desaparición?

    Es posible.

    Pero de nuevo…

    no lo sabemos.

    ¿Y si no significa una sola cosa?

    Quizá esa sea una manera mejor de mirar las Pinturas Negras.

    No buscar una contraseña secreta.

    No pensar que existe una frase que traduzca perfectamente la pintura.

    Puede hablarnos al mismo tiempo del poder.

    Del miedo.

    De la vejez.

    De la violencia.

    Del tiempo.

    De la destrucción.

    Y quizá Goya tampoco quisiera explicar exactamente nada.

    Quizá simplemente quería pintar imágenes capaces de contener todas esas cosas.

    Hay algo todavía más extraño debajo de Saturno

    Ahora viene una curiosidad extraordinaria.

    Los estudios realizados sobre las Pinturas Negras han descubierto que Goya pintó varias de ellas sobre otras decoraciones anteriores.

    Debajo de las imágenes que vemos hoy existían otras pinturas.

    Y debajo de Saturno…

    había aparentemente la figura de un bailarín.

    Piénsalo.

    En la pared hubo primero una imagen posiblemente mucho más alegre o decorativa.

    Después Goya la cubrió.

    Y encima apareció este monstruo.

    Es casi imposible imaginar un cambio de estado de ánimo más radical.

    De un bailarín…

    a Saturno devorando un cuerpo.

    ¿Cómo llegó una pared hasta el Museo del Prado?

    Tenemos otro problema.

    La Quinta del Sordo ya no existe.

    Entonces…

    ¿cómo puede estar esta pintura delante de nosotros?

    Décadas después de la muerte de Goya, la casa terminó en manos del banquero francés Frédéric Émile d’Erlanger.

    Las pinturas estaban deteriorándose.

    Y en 1874 encargó una operación tremendamente delicada al restaurador del Museo del Prado Salvador Martínez Cubells.

    Había que separar las pinturas de las paredes.

    Trasladarlas.

    Y adherirlas a lienzos.

    Es decir:

    lo que tienes delante nació como una pintura mural.

    Fue arrancada de un muro.

    Transferida.

    Restaurada.

    Y transformada en el objeto móvil que hoy podemos colgar en un museo.

    Durante ese proceso se perdieron zonas y fue necesario retocar otras.

    Esto también significa que nunca podremos ver exactamente el Saturno que Goya contemplaba en su casa.

    La obra que ha sobrevivido contiene también la historia de su traslado.

    Y casi nadie quiso comprarlo

    Después del traslado, las Pinturas Negras fueron presentadas en la Exposición Universal de París de 1878.

    Hoy cuesta imaginarlo, pero prácticamente pasaron desapercibidas.

    D’Erlanger terminó donándolas al Estado español en 1881.

    Y finalmente llegaron al Museo del Prado.

    Se exponen allí desde finales del siglo diecinueve.

    Una decoración privada y extraña pintada sobre las paredes de una casa terminó convertida en uno de los conjuntos más famosos de la historia del arte.

    El Prado tiene otro Saturno

    Y aquí tienes una comparación fantástica que puedes hacer durante tu visita.

    El Prado conserva otro Saturno devorando a un hijo.

    Lo pintó Pedro Pablo Rubens casi dos siglos antes que Goya.

    Si tienes oportunidad de verlo, compáralos.

    El Saturno de Rubens pertenece claramente al mundo de la mitología clásica.

    Es un dios.

    Hay anatomía poderosa.

    Hay una composición cuidadosamente construida.

    Hay incluso referencias al planeta Saturno.

    La violencia existe.

    Pero sigue siendo una gran pintura mitológica destinada a una colección real.

    Después vuelve mentalmente al Saturno de Goya.

    Aquí desaparece prácticamente todo.

    No necesitamos saber que es un dios.

    No necesitamos un escenario.

    No necesitamos belleza.

    Goya reduce la historia a su esencia más brutal:

    un ser aterrorizado destruyendo aquello que teme.

    La comparación entre los dos demuestra algo maravilloso.

    Dos artistas pueden contar exactamente el mismo mito y crear dos experiencias completamente distintas.

    Ahora vuelve a los ojos

    Terminemos donde empezamos.

    Olvida durante unos segundos todo lo que te he contado.

    Olvida a Crono.

    Olvida a Júpiter.

    Olvida la Quinta del Sordo.

    Olvida la política.

    Olvida las interpretaciones.

    Mira otra vez los ojos de Saturno.

    Después mira sus manos.

    Y finalmente mira el cuerpo.

    Pregúntate una cosa:

    ¿qué emoción ves?

    ¿Hambre?

    ¿Locura?

    ¿Miedo?

    ¿Desesperación?

    ¿Violencia?

    ¿Pánico?

    Probablemente encontrarás varias al mismo tiempo.

    Y quizá ahí esté la fuerza extraordinaria de esta pintura.

    Goya no nos proporciona una respuesta cómoda.

    Nos entrega una imagen.

    Una imagen que pintó sobre la pared de su propia casa cuando era ya un anciano.

    Una imagen que sobrevivió al edificio en el que nació.

    Una imagen que fue arrancada de aquella pared.

    Llevada a París.

    Donada al Estado.

    Y finalmente colocada delante de nosotros.

    Dos siglos después seguimos mirándola…

    y seguimos sin estar completamente seguros de qué significa.

    Pero tampoco podemos apartar fácilmente la mirada.

    Antes de marcharte, mira los ojos una última vez.

    Quizá Saturno está aterrorizándonos.

    O quizá…

    estamos contemplando el rostro de alguien que acaba de descubrir que, por mucho poder que tenga, no puede detener el futuro.

  • El Descendimiento: cuando el dolor ocupa todo el cuadro

    Estás delante de El Descendimiento, de Rogier van der Weyden.

    Fue pintado en Flandes en la primera mitad del siglo quince, antes de 1443.

    Y antes de fijarte en ningún detalle, haz algo.

    Aléjate un poco.

    Mira el cuadro entero.

    Es grande. Más de dos metros de alto y casi dos metros sesenta de ancho.

    Las figuras son casi de tamaño natural.

    Pero hay algo extraño.

    Tenemos diez personajes delante de nosotros y, sin embargo, prácticamente no existe un lugar en el que puedan estar.

    No hay una ciudad.

    No hay montañas.

    No hay cielo.

    No hay horizonte.

    Solamente un fondo dorado y una especie de caja muy poco profunda.

    Las personas parecen estar encerradas dentro.

    Y eso es completamente intencionado.

    Vamos a descubrir por qué.

    ¿Qué estamos viendo?

    La escena sucede después de la crucifixión de Jesús.

    Cristo ha muerto.

    Su cuerpo acaba de ser desclavado y está siendo bajado de la cruz antes de llevarlo al sepulcro.

    Mira el centro del cuadro.

    El cuerpo prácticamente desnudo de Cristo atraviesa la composición en diagonal.

    Está completamente indefenso.

    Ya no sostiene su propio peso.

    Sus brazos caen.

    La cabeza está inclinada.

    Las piernas están ligeramente dobladas.

    Tres hombres participan en el descenso.

    Arriba, sobre la escalera, un joven todavía sostiene uno de los brazos.

    Debajo, otros dos hombres cargan con el cuerpo.

    Uno es Nicodemo.

    El otro, vestido con una extraordinaria túnica dorada, es José de Arimatea.

    Según los Evangelios, José de Arimatea era un hombre rico que pidió permiso a Poncio Pilato para retirar el cuerpo de Jesús y ofreció el sepulcro donde sería enterrado.

    Pero ahora baja un poco la mirada.

    Porque justo debajo de Cristo hay otro cuerpo.

    El de su madre.

    Mira a Cristo y después mira a María

    Esta es probablemente la clave más importante de todo el cuadro.

    Observa la postura del cuerpo de Cristo.

    Y ahora observa la postura de la Virgen María, vestida de azul.

    María se ha desmayado.

    Su cuerpo cae hacia la izquierda mientras san Juan y María Salomé intentan sujetarla.

    Ahora compara los dos cuerpos.

    La cabeza de Cristo cae hacia un lado.

    La de María también.

    El brazo derecho de Cristo cuelga hacia abajo.

    El brazo derecho de María hace prácticamente lo mismo.

    Las piernas de Cristo están ligeramente flexionadas.

    Las de María repiten esa dirección.

    Van der Weyden ha construido ambos cuerpos casi como un eco.

    Cristo muere físicamente.

    Y María parece morir emocionalmente con él.

    No necesitas leer ningún texto para entenderlo.

    El pintor te lo explica utilizando solamente dos cuerpos.

    En la espiritualidad medieval existía una idea muy importante: la compasión.

    Pero no en el sentido moderno de sentir pena por alguien.

    La palabra procede del latín y significa, literalmente, algo parecido a sufrir con.

    María comparte simbólicamente el sufrimiento de su hijo.

    Van der Weyden convierte esa idea teológica en una imagen que cualquiera puede entender.

    Cristo cae.

    Y María cae con él.

    Ahora mira las lágrimas

    Acércate un poco, si puedes.

    Busca los rostros de los personajes.

    No todos reaccionan de la misma manera.

    A la izquierda, María Cleofás se lleva un paño hacia el rostro.

    Está llorando.

    San Juan tiene los ojos enrojecidos.

    La Virgen ha perdido directamente el conocimiento.

    En el extremo derecho está María Magdalena.

    Mira su cuerpo.

    Está doblada.

    Tiene las manos fuertemente entrelazadas.

    Parece que incluso físicamente no puede soportar lo que está viendo.

    Van der Weyden podría haber pintado simplemente diez caras tristes.

    Pero hace algo mucho más inteligente.

    Cada personaje expresa el dolor de una forma distinta.

    Unos lloran.

    Otros contienen las lágrimas.

    Uno actúa.

    Otro observa.

    María se desmaya.

    Magdalena se retuerce.

    Es casi un pequeño catálogo de las distintas maneras en las que los seres humanos reaccionamos ante una pérdida.

    Y aquí aparecen algunos de los detalles más extraordinarios del cuadro.

    Mira las lágrimas.

    Son minúsculas.

    Van der Weyden pinta pequeñas gotas transparentes deslizándose por las mejillas.

    Estamos ante una pintura realizada hace casi seiscientos años.

    Y aun así podemos ver que esos personajes han llorado.

    Mira ahora las manos

    Hay otra forma de recorrer esta obra.

    Ignora durante unos segundos las caras.

    Y mira solamente las manos.

    Encontrarás manos que sostienen.

    Manos que caen.

    Manos que se entrelazan.

    Manos que intentan ayudar.

    Manos que no saben qué hacer.

    En María Magdalena, las manos están apretadas con tanta fuerza que casi podemos sentir la tensión.

    La mano de Cristo, en cambio, está completamente inerte.

    No ofrece ninguna resistencia.

    Van der Weyden utiliza las manos casi como un segundo lenguaje.

    Los personajes hablan sin decir una palabra.

    Y ahora fíjate en algo imposible

    Vuelve a alejarte.

    Mira dónde están todos esos personajes.

    ¿Caben realmente ahí?

    No.

    Si intentáramos construir físicamente ese espacio, probablemente sería imposible introducir a diez personas de esa manera.

    Los cuerpos están amontonados unos delante de otros.

    Los brazos se cruzan.

    Las telas se superponen.

    Las figuras de los extremos incluso parecen doblarse hacia dentro para poder caber.

    Y aquí está el truco.

    Van der Weyden no está intentando representar una habitación real.

    Está imitando otra cosa.

    Un retablo de esculturas policromadas.

    En las iglesias flamencas del siglo quince eran habituales unas estructuras parecidas a cajas de madera en cuyo interior aparecían figuras religiosas talladas y pintadas.

    Mira el fondo dorado.

    Mira los laterales.

    Mira la forma elevada que aparece en la zona de la cruz.

    Es como si estuviéramos mirando una caja llena de esculturas.

    Pero esas esculturas no existen.

    Todo está pintado.

    Las sombras que proyectan los cuerpos sobre el fondo ayudan a producir la ilusión de volumen.

    Van der Weyden está haciendo una especie de demostración.

    La pintura puede competir con la escultura.

    Puede engañar a nuestros ojos.

    Aquella tabla plana parece contener cuerpos reales.

    Busca ahora dos objetos diminutos

    Mira las esquinas superiores del cuadro.

    Hay unos pequeños elementos decorativos.

    Dentro de ellos aparecen unas ballestas.

    Son muy pequeñas.

    Y son una pista sobre quién pagó el cuadro.

    El Descendimiento fue encargado para una capilla en la iglesia de Nuestra Señora Extramuros, en la ciudad de Lovaina, en la actual Bélgica.

    La capilla pertenecía al gremio de ballesteros de Lovaina.

    Los ballesteros financiaron la obra.

    Y Van der Weyden dejó su firma simbólica dentro de ella.

    No escribió sus nombres.

    Pintó sus armas.

    Incluso se ha señalado que la postura del cuerpo de Cristo, con los brazos abiertos y doblados, puede recordar visualmente la forma de una ballesta.

    Así que algo que parece puramente religioso también contiene publicidad del cliente que pagó la obra.

    Hace seiscientos años ya existía el patrocinio.

    Baja ahora hasta el suelo

    Hay otro detalle diminuto.

    Busca delante de la Virgen, cerca de la parte inferior del cuadro.

    Verás un cráneo y un hueso.

    No están ahí simplemente para recordarnos la muerte.

    Según una tradición cristiana medieval, el lugar en el que Cristo fue crucificado, el Gólgota, era también el lugar donde había sido enterrado Adán, el primer hombre.

    Eso crea una relación simbólica.

    Adán representa el comienzo del pecado de la humanidad.

    Cristo representa su redención.

    El primer hombre estaría enterrado debajo del lugar donde muere quien, según la tradición cristiana, viene a salvar a la humanidad.

    Van der Weyden introduce toda esa idea teológica con algo tan pequeño como un cráneo en el suelo.

    Y probablemente mucha gente pasa delante del cuadro sin verlo.

    Acércate otra vez a Cristo

    Ahora fíjate en el cuerpo.

    Todavía lleva la corona de espinas.

    Puedes ver sangre en las heridas.

    Incluso uno de los ojos permanece ligeramente abierto.

    Pero quiero que mires especialmente el paño blanco que cubre su cintura.

    Parece muy fino.

    Casi transparente.

    Van der Weyden consigue pintar la tela de tal manera que podemos percibir parte del cuerpo y de la sangre a través de ella.

    Piénsalo durante un segundo.

    Está pintando sobre una tabla de madera.

    No hay tela transparente.

    No hay piel.

    No hay oro.

    No hay joyas.

    Solamente pigmentos mezclados con aceite.

    Y, sin embargo, nuestros ojos creen estar viendo materiales completamente distintos.

    Mira ahora las ropas

    Este es otro de los grandes placeres de la pintura flamenca.

    Busca a José de Arimatea.

    Es el hombre ricamente vestido que sostiene las piernas de Cristo.

    Mira su ropa.

    Oro.

    Dibujos.

    Bordados.

    Texturas.

    Después mira el enorme vestido azul de la Virgen.

    Luego el rojo intenso de san Juan.

    Y finalmente los tonos más suaves de María Magdalena.

    El color no está distribuido al azar.

    El azul de María crea una gran masa en la parte inferior izquierda.

    El rojo de san Juan introduce otro golpe de color.

    Las vestimentas doradas del otro lado equilibran la escena.

    Los cuerpos pueden estar retorciéndose de dolor, pero la composición está extraordinariamente controlada.

    Nada parece casual.

    Un artista del norte de Europa

    Quizá cuando piensas en el Renacimiento piensas automáticamente en Italia.

    Leonardo.

    Miguel Ángel.

    Rafael.

    Pero mientras el Renacimiento italiano investigaba la perspectiva, la anatomía clásica y las proporciones, en el norte de Europa estaba ocurriendo otra revolución.

    Los pintores flamencos llevaron la técnica del óleo a un nivel extraordinario.

    Podían superponer capas muy finas de pintura.

    Crear transparencias.

    Reflejar joyas.

    Imitar terciopelo.

    Representar cabellos individuales.

    Pintar lágrimas.

    Conseguir que una superficie pareciera oro, piel, piedra o seda.

    Van der Weyden pertenece a ese mundo.

    Y El Descendimiento es uno de sus grandes monumentos.

    Aquí no necesitas una enorme profundidad espacial.

    Necesitas estar cerca de los personajes.

    Tan cerca que puedas ver cómo lloran.

    La historia increíble de cómo llegó hasta aquí

    Y ahora viene otra buena historia.

    Este cuadro no se pintó para España.

    Estaba en Lovaina.

    Pero alrededor de un siglo después llamó la atención de una de las mujeres más poderosas de Europa:

    María de Hungría.

    Era hermana del emperador Carlos Quinto y gobernadora de los Países Bajos.

    María quería el cuadro.

    Y conseguir una obra maestra en el siglo dieciséis podía ser complicado incluso teniendo muchísimo poder.

    La iglesia de Lovaina no quería simplemente quedarse sin su Descendimiento.

    Así que, para obtenerlo, María de Hungría entregó una cantidad importante de dinero, un órgano valorado en mil quinientos florines y una copia de la obra que sustituyera al original.

    El original pasó a su palacio de Binche.

    Y allí ocurrió algo decisivo.

    En 1549, un joven príncipe español visitó el palacio.

    Se llamaba Felipe.

    Años después sería Felipe Segundo.

    Felipe vio este cuadro allí.

    Y debió de impresionarle profundamente.

    Con el tiempo, El Descendimiento terminó formando parte de las colecciones reales españolas.

    Estuvo en el palacio de El Pardo.

    Después fue llevado al Monasterio de El Escorial.

    Y finalmente llegó al Museo del Prado.

    Así que esta pintura flamenca terminó convirtiéndose, siglos después, en una de las grandes obras maestras conservadas en España.

    Un detalle moderno: mirar dentro de la tabla

    Hay otra conexión interesante con el propio Museo del Prado.

    Hoy los museos pueden estudiar pinturas mediante técnicas como radiografías o reflectografía infrarroja.

    Eso permite descubrir cómo trabajaba el artista debajo de la superficie que nosotros vemos.

    El Descendimiento ha sido estudiado y restaurado en distintas ocasiones.

    Y los análisis han ayudado a comprender cómo Van der Weyden preparaba cuidadosamente sus figuras y cómo construyó esta enorme pintura sobre madera.

    Eso nos recuerda algo importante.

    Cuando estás delante de un cuadro antiguo no estás viendo solamente una imagen.

    Estás viendo un objeto físico que ha sobrevivido durante casi seis siglos.

    Madera.

    Capas de preparación.

    Pigmentos.

    Aceite.

    Barnices.

    Restauraciones.

    Viajes.

    Cambios de temperatura.

    Traslados entre iglesias, palacios, monasterios y museos.

    La historia del cuadro no termina cuando el pintor da la última pincelada.

    Ahí solamente empieza.

    Ahora haz una última cosa

    Aléjate otra vez.

    Mira la composición completa.

    No pienses en José de Arimatea.

    Ni en Nicodemo.

    Ni en María Magdalena.

    Ni siquiera pienses todavía en la historia religiosa.

    Mira solamente las formas.

    En el centro está el cuerpo de Cristo.

    Debajo, el cuerpo de María repite su movimiento.

    En los extremos, los personajes se inclinan hacia dentro.

    Es casi como cerrar dos paréntesis alrededor de la escena.

    Todo nos empuja hacia el centro.

    Y ahora observa algo todavía más interesante.

    Hay muchísimo dolor…

    pero no hay caos.

    Las personas sufren.

    Los cuerpos caen.

    Las lágrimas corren.

    Las manos se retuercen.

    Pero la composición permanece perfectamente equilibrada.

    Van der Weyden controla cada gesto.

    Cada color.

    Cada línea.

    Cada pliegue.

    Cada lágrima.

    Y quizá ahí esté la verdadera grandeza de El Descendimiento.

    No se limita a representar un acontecimiento religioso.

    Intenta hacer algo mucho más difícil.

    Convertir una emoción invisible en algo que podamos ver.

    El dolor no tiene forma.

    No tiene color.

    No ocupa espacio.

    Pero Van der Weyden consigue darle cuerpos.

    Le da manos.

    Le da lágrimas.

    Le da vestidos.

    Le da posturas.

    Y después encierra todo ese sufrimiento dentro de una caja dorada, a pocos centímetros de nosotros.

    Por eso, casi seiscientos años después, no necesitas ser creyente.

    No necesitas saber teología.

    Ni siquiera necesitas saber mucho de pintura.

    Basta con reconocer algo profundamente humano.

    Una persona ha muerto.

    Y las personas que lo querían no saben cómo soportarlo.

    Antes de marcharte, busca una última vez los dos cuerpos.

    Cristo.

    Y María.

    Uno encima del otro.

    La misma curva.

    La misma caída.

    El mismo abandono.

    Si recuerdas solamente una imagen de este cuadro, que sea esa.

    Porque una vez que descubres que María repite el cuerpo de su hijo…

    es casi imposible volver a mirar El Descendimiento sin verlo.

  • Las Meninas: un cuadro en el que tú también estás

    Estás delante de Las Meninas, de Diego Velázquez.

    Fue pintado en 1656.

    Y antes de intentar entenderlo, haz una cosa muy sencilla.

    Aléjate un poco del cuadro, si puedes.

    Y míralo entero.

    Es enorme.

    Mide más de tres metros de alto y casi dos metros ochenta de ancho.

    Eso significa que las personas que aparecen delante de ti tienen prácticamente tamaño natural.

    Y esta es la primera clave para entender Las Meninas.

    Velázquez no quiere que tengas la sensación de estar mirando una escena desde fuera.

    Quiere que tengas la sensación de estar entrando en ella.

    Así que durante los próximos minutos vamos a hacer precisamente eso.

    Vamos a entrar en Las Meninas.

    ¿Qué está pasando aquí?

    Empecemos por la niña situada en el centro.

    Es la infanta Margarita, hija del rey Felipe Cuarto y de la reina Mariana de Austria.

    Tiene unos cinco años.

    Su vestido claro recibe buena parte de la luz del cuadro y hace que nuestros ojos vayan inmediatamente hacia ella.

    A sus lados hay dos jóvenes.

    Son las meninas.

    La palabra «menina» se utilizaba para las jóvenes nobles que servían y acompañaban a las infantas y a la reina.

    A nuestra izquierda, arrodillada, está María Agustina Sarmiento.

    Le está ofreciendo a la infanta una pequeña jarra o búcaro sobre una bandeja.

    A nuestra derecha está Isabel de Velasco, ligeramente inclinada.

    Pero sigue mirando hacia la derecha.

    Allí encontrarás a otros dos personajes.

    La mujer es Mari Bárbola.

    Y el muchacho que tiene un pie apoyado sobre el gran perro es Nicolasito Pertusato.

    Ambos pertenecían al entorno de la corte.

    Detrás de ellos, medio escondidos en la penumbra, aparecen Marcela de Ulloa y un guardadamas cuyo nombre desconocemos.

    Y todavía queda alguien más.

    Mira al fondo del cuadro.

    Hay una puerta abierta.

    Dentro de ese rectángulo de luz aparece un hombre.

    Es José Nieto, aposentador de palacio.

    No sabemos exactamente si está entrando…

    o saliendo.

    Y esa pequeña incertidumbre es importante.

    Porque en Las Meninas casi todo parece estar ocurriendo justo en este instante.

    Y ahora mira a la izquierda

    Ahí está el propio Diego Velázquez.

    Velázquez se ha pintado a sí mismo.

    Está de pie.

    Tiene una paleta en una mano y un pincel en la otra.

    Y delante de él hay un enorme lienzo.

    Nosotros solamente vemos la parte trasera.

    No sabemos directamente qué está pintando.

    Y aquí comienza el gran juego de Las Meninas.

    Porque Velázquez no está mirando su cuadro.

    Está mirando hacia fuera.

    Hacia nosotros.

    O quizás…

    no nos está mirando a nosotros.

    Quizás está mirando a alguien que se encuentra exactamente donde estamos nosotros.

    Para descubrirlo tenemos que fijarnos en uno de los detalles más pequeños y más importantes del cuadro.

    Busca el espejo

    Mira la pared del fondo.

    Cerca de la puerta hay un pequeño rectángulo iluminado.

    Parece otro cuadro.

    Pero no lo es.

    Es un espejo.

    Y dentro del espejo aparecen dos personas.

    Son el rey Felipe Cuarto y la reina Mariana de Austria.

    Ahora intenta imaginar la geometría de la habitación.

    Si los reyes aparecen reflejados en ese espejo…

    ¿dónde están?

    La interpretación más conocida es fascinante.

    Los reyes estarían delante de Velázquez.

    Fuera del cuadro.

    Aproximadamente en el espacio que ocupamos nosotros como espectadores.

    Velázquez estaría pintando su retrato en ese enorme lienzo cuyo reverso vemos a la izquierda.

    Y mientras los reyes posan…

    entra la pequeña infanta Margarita con su séquito.

    Durante unos segundos la sesión se interrumpe.

    Algunos personajes miran hacia los reyes.

    Velázquez también mira.

    Y nosotros llegamos cinco siglos después y ocupamos exactamente ese lugar.

    Es una posibilidad.

    Pero Las Meninas ha generado muchas interpretaciones y no existe una respuesta definitiva para todos sus enigmas.

    Y precisamente eso forma parte de su genialidad.

    Tú estás dentro del cuadro

    Ahora vuelve a mirar los ojos de los personajes.

    Velázquez mira hacia aquí.

    La menina de la derecha parece mirar hacia aquí.

    Mari Bárbola mira hacia aquí.

    La infanta parece haber dirigido también su atención hacia aquí.

    Y los reyes aparecen en el espejo.

    Todo nos conduce hacia un punto situado…

    delante de la superficie del cuadro.

    Donde estás tú.

    Velázquez ha hecho algo extraordinario.

    Ha convertido un espacio invisible en una parte fundamental de la pintura.

    Normalmente nosotros miramos un cuadro.

    Aquí parece que el cuadro nos está mirando a nosotros.

    Mira ahora la habitación

    Durante unos segundos, intenta ignorar a las personas.

    Mira solamente el espacio.

    El techo es muy alto.

    La habitación se prolonga hacia el fondo.

    Hay cuadros colgados en las paredes.

    A la derecha aparecen grandes ventanas.

    Al fondo se abre una puerta.

    La escena representa una estancia real del antiguo Alcázar de Madrid, el palacio de los reyes españoles que se encontraba donde hoy está el Palacio Real.

    Era el llamado Cuarto del Príncipe, y Velázquez utilizaba aquel espacio como taller.

    El edificio desapareció tras un terrible incendio en 1734.

    Las Meninas sobrevivieron.

    Así que el cuadro no solamente nos muestra a unas personas que vivieron hace casi cuatro siglos.

    También conserva visualmente una habitación de un palacio que ya no existe.

    El verdadero protagonista puede ser la luz

    Ahora mira la parte derecha del cuadro.

    Velázquez no necesita dibujar claramente todas las ventanas.

    Sabemos que están ahí porque vemos lo que hace la luz.

    La iluminación entra desde la derecha.

    Golpea especialmente a la infanta Margarita.

    Después va perdiendo intensidad.

    Al fondo aparece otro foco de luz muy fuerte procedente de la puerta abierta.

    Y entre ambos puntos hay grandes zonas oscuras.

    Eso hace que la habitación parezca tener aire.

    Parece que existe espacio entre nosotros y la infanta.

    Entre la infanta y Velázquez.

    Entre Velázquez y la pared.

    Y entre todos ellos y José Nieto, al fondo.

    A eso podemos llamarlo perspectiva aérea.

    Velázquez no crea profundidad únicamente haciendo las cosas más pequeñas cuanto más lejos están.

    También modifica la luz, la nitidez y la atmósfera.

    Por eso la habitación parece real.

    Ahora acércate un poco

    Si la cantidad de gente en la sala te lo permite, acércate al cuadro.

    No demasiado.

    Lo suficiente para observar la pintura.

    Busca, por ejemplo, el vestido de la infanta.

    Desde lejos parece extraordinariamente detallado.

    Pero cuando te acercas descubrirás algo sorprendente.

    Muchos detalles no están realmente dibujados con precisión.

    Son pinceladas.

    Manchas.

    Pequeños toques de color.

    Busca los reflejos del vestido.

    El pelo.

    Las flores.

    Las mangas.

    Incluso algunas caras.

    De cerca puedes encontrar pinceladas que parecen casi desordenadas.

    Ahora vuelve a alejarte.

    Y ocurre la magia.

    Las manchas vuelven a convertirse en telas.

    Cabellos.

    Reflejos.

    Caras.

    Velázquez confía en que sea tu ojo quien termine el cuadro.

    Esta es una de las grandes lecciones de su pintura.

    No hace falta pintar cada hilo de un vestido para que nuestro cerebro vea un vestido.

    A veces basta con colocar exactamente la pincelada adecuada en el lugar adecuado.

    ¿Hay dibujo debajo?

    Aquí tenemos otra curiosidad técnica.

    En muchos pintores podemos utilizar la reflectografía infrarroja para encontrar un dibujo preparatorio bajo la pintura.

    Como si primero hubieran hecho un boceto y después lo hubieran coloreado.

    En Las Meninas, los estudios técnicos del Prado no encontraron ese dibujo subyacente.

    Velázquez construyó gran parte de la escena directamente con pintura.

    Las radiografías sí revelan cambios realizados durante el proceso.

    Es decir, Velázquez fue modificando cosas mientras trabajaba.

    Eso hace que el cuadro sea menos parecido a rellenar cuidadosamente un dibujo previo…

    y más parecido a pensar con el pincel.

    Hay otra cosa extraña: el momento

    Fíjate en Nicolasito Pertusato, a la derecha.

    Tiene el pie sobre el enorme mastín.

    El perro parece medio dormido.

    La menina está inclinándose.

    María Agustina ofrece el recipiente.

    José Nieto está detenido en mitad de un movimiento.

    Velázquez ha levantado la mirada.

    Parece que alguien acaba de entrar en la habitación.

    O que acaba de ocurrir algo.

    Por eso Las Meninas tiene una cualidad sorprendentemente moderna.

    No parece una ceremonia perfectamente organizada.

    Parece una instantánea.

    Como si Velázquez hubiera congelado una fracción de segundo tres siglos antes de la invención de la fotografía.

    Y todavía más interesante:

    no sabemos exactamente qué ocurrió inmediatamente antes…

    ni qué ocurrirá inmediatamente después.

    Nuestro cerebro intenta inventar esa historia.

    ¿Por qué aparece Velázquez?

    Ahora vuelve al autorretrato de la izquierda.

    Su presencia es muchísimo más importante de lo que podría parecer.

    Velázquez no se representa discretamente en una esquina.

    Se pinta de pie.

    Grande.

    Trabajando.

    Y dentro de una habitación de la familia real.

    En el siglo diecisiete esto tenía mucho significado.

    Un pintor podía ser considerado simplemente un artesano: alguien que trabajaba con las manos.

    Velázquez quería defender algo diferente.

    La pintura era una actividad intelectual.

    Había imaginación.

    Conocimiento.

    Geometría.

    Óptica.

    Cultura.

    Pensamiento.

    Y aquí el artista se coloca literalmente junto a la familia del rey.

    Las Meninas puede leerse también como una enorme reivindicación de la dignidad de la pintura y del pintor.

    Velázquez no solamente pinta el poder.

    Se incluye dentro de su mundo.

    Un cuadro que no siempre se llamó Las Meninas

    Aquí tienes una curiosidad que mucha gente desconoce.

    Velázquez no pintó un cuadro llamado Las Meninas.

    Ese título es posterior.

    En antiguos inventarios fue descrito de distintas formas.

    Después del incendio del Alcázar llegó a conocerse como La familia de Felipe Cuarto.

    No fue hasta 1843 cuando apareció en el catálogo del Museo del Prado con el título por el que hoy lo conocemos:

    Las Meninas.

    Y eso resulta curioso porque las meninas ni siquiera son las protagonistas principales.

    Son las dos jóvenes que acompañan a la infanta.

    El nombre de unos personajes secundarios terminó dando título a uno de los cuadros más famosos de la historia.

    Un cuadro que estuvo a punto de convertirse en un asunto de Estado

    Las Meninas ha llegado hasta nosotros en un estado de conservación excepcional teniendo en cuenta su edad.

    Pero durante siglos se habían acumulado sobre su superficie barnices que terminaron amarilleando.

    El cuadro se volvió mucho más oscuro y ambarino.

    En 1984 se decidió restaurarlo.

    Y restaurar Las Meninas no era precisamente una decisión tranquila.

    Era tocar uno de los grandes símbolos culturales de España.

    El encargado de realizar la limpieza fue John Brealey, jefe del Departamento de Restauración del Metropolitan Museum de Nueva York.

    La intervención comenzó el 14 de mayo de 1984 y la limpieza duró aproximadamente tres semanas.

    Al retirar los barnices envejecidos apareció algo que estaba parcialmente oculto:

    la enorme variedad de grises, negros, blancos, tonos plateados y matices de la pintura de Velázquez.

    El cuadro recuperó su luz.

    Y la restauración causó un enorme debate público.

    No todos estaban preparados para descubrir que la obra que durante décadas habían conocido con un aspecto oscuro…

    en realidad era mucho más luminosa.

    Ahora vuelve a alejarte

    Este último paso merece la pena.

    Aléjate tanto como te permita la sala.

    Mira el cuadro entero otra vez.

    Ahora ya sabes quién es cada uno.

    La infanta Margarita está en el centro.

    María Agustina le ofrece agua.

    Isabel de Velasco está a su lado.

    Mari Bárbola y Nicolasito Pertusato aparecen junto al mastín.

    Marcela de Ulloa está en la penumbra.

    José Nieto ocupa la puerta iluminada.

    Velázquez pinta a nuestra izquierda.

    Y Felipe Cuarto y Mariana de Austria aparecen en el espejo.

    Pero intenta olvidarte otra vez de los nombres.

    Mira solamente lo que Velázquez ha conseguido.

    Tienes delante una superficie plana.

    Un lienzo.

    Pigmentos y aceite.

    Nada más.

    Y sin embargo tu cerebro percibe una habitación de varios metros de profundidad.

    Percibe aire.

    Luz.

    Movimiento.

    Personas delante de otras personas.

    Una puerta al fondo.

    Un espacio que parece continuar detrás de ti.

    Y aquí está quizá el secreto de Las Meninas.

    No es simplemente un cuadro que representa a la familia de Felipe Cuarto.

    Ni siquiera es solamente un retrato.

    Es un cuadro sobre el acto de mirar.

    ¿A quién está pintando Velázquez?

    ¿A quién mira la infanta?

    ¿Dónde están exactamente los reyes?

    ¿Es el espejo quien los refleja?

    ¿Somos nosotros quienes ocupamos su posición?

    ¿Estamos fuera de la habitación…

    o acabamos de entrar?

    Velázquez no responde completamente a esas preguntas.

    Construye el escenario…

    y deja que nosotros participemos.

    Por eso Las Meninas sigue provocando discusiones casi cuatrocientos años después.

    Y por eso ocurre algo curioso cuando finalmente te marchas de esta sala.

    Tú dejas de mirar Las Meninas.

    Pero durante unos segundos…

    parece que los personajes de Las Meninas continúan mirándote a ti.

  • La otra Mona Lisa

    Estás delante de una de las obras más curiosas del Museo del Prado.

    Y probablemente también de una de las más fáciles de pasar por alto.

    Porque sí: estás mirando a la Mona Lisa.

    Pero no a la Mona Lisa que todo el mundo conoce.

    La original, pintada por Leonardo da Vinci, se encuentra en el Museo del Louvre de París.

    Esta es la llamada Mona Lisa del Prado.

    Y antes de pensar que estás ante una simple copia, merece la pena saber algo sorprendente: probablemente fue pintada en el propio taller de Leonardo, por uno de sus discípulos, mientras Leonardo estaba creando la original.

    Es decir, estas dos Mona Lisa podrían haber ido naciendo prácticamente al mismo tiempo.

    Y eso convierte a este cuadro en algo extraordinario.

    Primero, simplemente mírala

    Olvídate durante unos segundos de nombres, fechas y técnicas.

    Mira a la mujer.

    Está sentada, ligeramente girada, con las manos cruzadas delante del cuerpo.

    Y, sin embargo, su rostro se vuelve hacia nosotros.

    Parece tranquila.

    No lleva una corona, ni grandes joyas, ni símbolos que indiquen que estamos ante una reina o una santa.

    Es simplemente una mujer mirándonos.

    Probablemente se trata de Lisa Gherardini, esposa de un comerciante florentino llamado Francesco del Giocondo.

    De ahí viene uno de los nombres del cuadro: La Gioconda.

    «Mona Lisa», por cierto, procede de una forma antigua de decir algo parecido a «señora Lisa».

    Ahora fíjate en sus ojos.

    No importa demasiado desde qué posición la observes: tienes la sensación de que sigue mirando hacia ti.

    Y después mira la boca.

    Ahí aparece uno de los elementos más famosos de toda la historia del arte: esa sonrisa que parece estar ahí… y al mismo tiempo parece desaparecer.

    Pero aquí empieza una de las diferencias interesantes con la Mona Lisa de Leonardo.

    Una Mona Lisa más nítida

    Si conoces la imagen del cuadro del Louvre, quizá notes que esta mujer parece algo más definida.

    Los límites del rostro, los ojos, la ropa o las manos resultan más fáciles de distinguir.

    Eso ocurre porque Leonardo utilizó magistralmente en la original una técnica llamada sfumato.

    El término viene del italiano y podríamos traducirlo aproximadamente como «esfumado».

    En lugar de dibujar claramente el límite entre una zona iluminada y una zona en sombra, Leonardo superponía capas extremadamente finas y transparentes de pintura.

    Los contornos prácticamente desaparecen.

    El resultado es esa especie de neblina que envuelve el rostro de la Mona Lisa del Louvre y hace que su expresión parezca cambiar constantemente.

    El pintor de la versión del Prado conocía el trabajo de Leonardo, pero no alcanzó el mismo nivel de sfumato.

    Por eso esta Mona Lisa es algo más lineal, más clara y más fácil de leer.

    Y esto es interesante: técnicamente es menos extraordinaria que la original, pero precisamente por ser más nítida nos permite observar algunos elementos que en el cuadro del Louvre resultan mucho más difíciles de apreciar.

    Ahora mira detrás de ella

    Observa el paisaje.

    Montañas, caminos, agua, rocas…

    Tiene algo extraño, casi de otro planeta.

    No pretende ser necesariamente un lugar que podamos localizar en un mapa.

    Leonardo estaba fascinado por la naturaleza: por cómo se forman las montañas, cómo fluye el agua, cómo cambia la atmósfera con la distancia y cómo nuestros ojos perciben los objetos cada vez más azulados y difusos cuanto más lejos están.

    Pero lo verdaderamente fascinante del paisaje que estás viendo en el Prado es que, durante siglos, nadie sabía que estaba ahí.

    Sí.

    Durante mucho tiempo, detrás de esta Mona Lisa no se veía ningún paisaje.

    Se veía simplemente… un fondo negro.

    El gran descubrimiento

    Esta es probablemente la mejor historia del cuadro.

    Durante siglos, la obra estuvo considerada como una de tantas copias antiguas de la Mona Lisa.

    Además, aquel fondo negro hacía pensar que el copista ni siquiera había reproducido el paisaje de Leonardo.

    Pero entre 2011 y 2012, el Museo del Prado estudió y restauró la pintura.

    Los especialistas utilizaron técnicas que permiten investigar un cuadro sin destruirlo, entre ellas radiografías y reflectografía infrarroja.

    Podríamos pensar en ella como una especie de visión de rayos X aplicada a la pintura.

    Y descubrieron algo inesperado.

    Debajo de aquel fondo negro… había un paisaje.

    El paisaje original estaba oculto.

    Los análisis demostraron además que la capa negra no pertenecía al momento en que se pintó la obra. Había sido añadida mucho después, no antes de mediados del siglo dieciocho.

    Los restauradores pudieron retirar cuidadosamente ese añadido.

    Y apareció el paisaje que tienes ahora delante.

    De repente, una copia aparentemente secundaria se convirtió en una pieza fundamental para comprender cómo trabajaba Leonardo da Vinci.

    Pero todavía quedaba una sorpresa mucho mayor.

    Dos pintores trabajando a la vez

    Cuando los investigadores compararon mediante infrarrojos esta pintura con la Mona Lisa del Louvre encontraron algo extraordinario.

    Debajo de la superficie visible de un cuadro suelen aparecer dibujos preparatorios y correcciones.

    Los pintores cambian de opinión.

    Mueven una mano.

    Modifican un hombro.

    Cambian la posición de un dedo.

    Alteran el contorno de un velo.

    A estas correcciones se las suele llamar arrepentimientos, o pentimenti.

    Y aquí viene lo increíble.

    Muchas de las correcciones que Leonardo realizó bajo la superficie de su Mona Lisa aparecen también en la versión del Prado.

    Piénsalo.

    Si alguien hubiera copiado simplemente el cuadro terminado, no podría conocer correcciones que estaban escondidas debajo de la pintura.

    Por tanto, el autor de esta obra estaba viendo el proceso de creación de Leonardo mientras sucedía.

    Cuando Leonardo modificaba algo, su discípulo podía modificarlo también.

    Por eso los especialistas concluyeron que ambas obras se ejecutaron en paralelo dentro del entorno del taller.

    Imagina la escena.

    Estamos a comienzos del siglo dieciséis.

    Leonardo trabaja lentamente en su Mona Lisa.

    Cerca de él, uno de sus discípulos trabaja sobre otra tabla.

    Leonardo cambia la posición de unos dedos.

    El discípulo hace lo mismo.

    Leonardo modifica el contorno del cuerpo.

    El discípulo incorpora también esa modificación.

    Cinco siglos más tarde, unas cámaras infrarrojas permiten reconstruir aquella conversación silenciosa entre maestro y aprendiz.

    Esa es quizá la verdadera importancia de la Mona Lisa que tienes delante.

    No es solamente una copia de una obra.

    Es una especie de registro del proceso creativo de Leonardo.

    ¿Quién la pintó?

    Aquí tenemos otro misterio.

    No lo sabemos con certeza.

    El Museo del Prado la atribuye oficialmente al taller de Leonardo da Vinci.

    El autor tuvo que ser alguien muy próximo al maestro, capaz de observar cómo evolucionaba la pintura original.

    Se han propuesto nombres de discípulos cercanos a Leonardo, como Francesco Melzi o Salaì, pero no existe una identificación definitiva.

    Así que, cinco siglos después, el pintor que realizó esta Mona Lisa continúa siendo anónimo.

    Las dos hermanas

    Ahora imaginemos que pudiéramos colocar esta pintura junto a la del Louvre.

    Son extremadamente parecidas, pero no idénticas.

    La del Prado mide aproximadamente 76 centímetros de alto por 57 de ancho y está pintada al óleo sobre una tabla de nogal.

    La del Louvre mide unos 77 por 53 centímetros y está realizada sobre madera de álamo.

    La figura de Lisa, sin embargo, tiene prácticamente las mismas dimensiones en ambas.

    Es posible que los dos pintores utilizaran como punto de partida el mismo dibujo o cartón.

    La gran diferencia está en la ejecución.

    La Mona Lisa del Louvre tiene el extraordinario sfumato de Leonardo.

    Los límites del rostro prácticamente se disuelven.

    La piel parece fundirse con la luz.

    La expresión resulta más ambigua.

    El paisaje adquiere mayor profundidad atmosférica.

    La versión del Prado es más definida.

    Los colores resultan más claros y algunos detalles son más fáciles de percibir.

    Y hay otra diferencia fundamental.

    La versión del Prado parece conservar algunos momentos intermedios del proceso creativo que Leonardo continuó desarrollando posteriormente en la original.

    Es casi como tener dos fotografías tomadas en momentos diferentes durante la creación de una misma idea.

    Una pequeña curiosidad histórica

    Esta Mona Lisa lleva muchísimo tiempo en España.

    Sabemos que probablemente ya formaba parte de la Colección Real en 1666, cuando aparece registrada en el Real Alcázar de Madrid.

    Eso significa que llevaba más de un siglo terminada cuando ya estaba entre las pinturas de los reyes españoles.

    Con el tiempo pasó al Museo del Prado.

    Durante generaciones estuvo allí sin que nadie comprendiera completamente su importancia.

    El gran cambio llegó con los estudios realizados en el siglo veintiuno.

    Y hay algo bonito en esa historia.

    El cuadro no cambió.

    Cambió nuestra capacidad para mirarlo.

    Vuelve ahora al rostro

    Antes de terminar, vuelve a mirar a Lisa.

    Primero los ojos.

    Después la sonrisa.

    Luego las manos.

    Y finalmente el paisaje.

    Quizá la versión del Louvre sea una obra técnicamente superior.

    Es Leonardo da Vinci llevando la pintura hasta unos límites extraordinarios.

    Pero el cuadro que tienes delante posee algo que ni siquiera la Mona Lisa del Louvre puede ofrecer de la misma manera.

    Nos permite asomarnos al taller.

    Nos permite imaginar a Leonardo trabajando.

    A un discípulo observándolo.

    A los dos modificando sus pinturas.

    Y, gracias a los dibujos que quedaron escondidos bajo las capas de óleo, podemos reconstruir parte de aquella historia quinientos años después.

    Por eso, cuando alguien te diga que en el Museo del Prado hay «una copia de la Mona Lisa», puedes responder que sí…

    pero que decir solamente eso es quedarse muy corto.

    Porque esta pintura es probablemente la copia más temprana conocida de la Mona Lisa y uno de los documentos más importantes que existen para comprender cómo se creó el original.

    No estás mirando simplemente a la hermana de la Gioconda.

    Estás mirando una testigo de su nacimiento.

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