Estás delante de una de las pinturas más extrañas, fascinantes y difíciles de explicar de todo el Museo del Prado.
El jardín de las delicias, de El Bosco.
Fue pintado aproximadamente entre 1490 y 1500.
Y antes de intentar entender qué significa, quiero proponerte algo.
No intentes mirarlo todo.
Es imposible.
Hay cientos de personajes, animales, frutas, edificios imposibles y pequeñas historias ocurriendo al mismo tiempo.
Si intentas abarcarlo entero, probablemente acabarás perdido.
Así que vamos a hacer lo contrario.
Vamos a entrar poco a poco.
De izquierda a derecha.
Del principio del mundo…
hasta el Infierno.
Primero, aléjate
Mira el tríptico completo.
Un tríptico es simplemente una obra formada por tres paneles.
El central es más grande y los dos laterales funcionan como puertas que pueden cerrarse sobre él.
Abierto, como lo estás viendo ahora, El jardín de las delicias tiene más de tres metros de anchura.
El panel izquierdo está lleno de verdes y azules.
El central explota en colores, cuerpos y actividad.
Y el derecho se sumerge en la oscuridad.
Incluso antes de saber qué representa cada cosa, ya podemos leer una dirección.
Luz.
Placer.
Oscuridad.
Paraíso.
Mundo humano.
Infierno.
Pero hay una sorpresa.
Originalmente el cuadro también tenía algo que contar cuando estaba cerrado.
Imagina ahora las puertas cerradas
No puedes cerrar el tríptico delante de ti, pero imagínalo.
Los colores desaparecen.
En el reverso de las dos puertas, El Bosco pintó una imagen casi completamente gris.
Dentro de una enorme esfera transparente aparece la Tierra.
Todavía está medio vacía.
No hay seres humanos.
No hay ciudades.
No hay historia.
Estamos en el tercer día de la Creación, cuando según el Génesis Dios separa las aguas de la tierra y surge la vegetación.
Y en una esquina, diminuto, aparece Dios creador.
Hay algo maravilloso en esta idea.
Cuando el tríptico está cerrado, el mundo está prácticamente vacío.
Después se abren las puertas…
y aparece una explosión de vida.
Animales.
Personas.
Deseo.
Placer.
Violencia.
Pecado.
Castigo.
Es casi como abrir el mundo.
Ahora empieza por el panel izquierdo
Mira abajo, aproximadamente en el centro.
Encontrarás tres figuras.
Un hombre desnudo está sentado en el suelo.
Es Adán.
Delante de él hay una mujer desnuda.
Es Eva.
Y entre ambos aparece una tercera figura que la toma de la mano.
Es Dios.
El Bosco representa el momento en el que Dios presenta Eva a Adán.
Mira la expresión de Adán.
Sus ojos están completamente concentrados en ella.
Parece sorprendido.
Quizá fascinado.
Y aquí comienza algo fundamental para entender el resto del tríptico.
El tema no es simplemente Adán y Eva.
Es la relación entre hombre y mujer.
El deseo.
La reproducción.
Y lo que la humanidad hará después con ese deseo.
De hecho, los estudios técnicos han descubierto algo extraordinario.
El Bosco había pensado inicialmente representar aquí otro momento: la creación de Eva.
Después cambió de idea.
Cubrió aquella primera composición y pintó la presentación de Eva a Adán.
Es decir, debajo de la pintura visible existe una versión anterior de la historia.
El artista cambió de opinión mientras trabajaba.
Ahora mira el Paraíso
Podríamos esperar un lugar perfectamente tranquilo.
Pero el Paraíso de El Bosco es bastante raro.
Busca animales.
Hay aves.
Ciervos.
Animales exóticos.
Criaturas que resultarían extraordinarias para un europeo del siglo quince.
Y otras directamente fantásticas.
El Bosco mezcla naturaleza real e imaginación con absoluta libertad.
Ahora sube la mirada hasta la gran construcción rosada que aparece en medio del agua.
Parece una mezcla de planta, fuente, mineral y edificio.
Es la Fuente de los Cuatro Ríos.
Tiene algo bellísimo…
pero también algo inquietante.
Busca dentro.
Hay un ave oscura.
Un búho o una lechuza.
En la simbología que utiliza El Bosco, estas aves pueden asociarse con el mal.
Así que incluso dentro del Paraíso parece esconderse una advertencia.
El mal todavía no domina la escena.
Pero ya está ahí.
Mira también a los animales
Hay otro detalle importante.
No todos viven pacíficamente.
Algunos se atacan.
Hay depredadores.
Hay animales devorando a otros.
Esto hace que el Paraíso de El Bosco no sea exactamente el jardín inocente y perfecto que quizá imaginábamos.
Algo parece estar mal desde el principio.
Y eso nos prepara para el panel central.
Porque ahora vamos a entrar en la parte más famosa del cuadro.
Mira el panel central entero
Lo primero que ves son personas desnudas.
Muchísimas.
Hombres.
Mujeres.
Personas de distintas apariencias.
Están corriendo.
Nadando.
Abrazándose.
Jugando.
Entrando dentro de frutas.
Montando animales.
Escondiéndose dentro de estructuras transparentes.
Parece una gigantesca fiesta.
Y aquí aparece la gran pregunta.
¿Estamos viendo algo maravilloso… o algo terrible?
Durante siglos se han propuesto muchísimas interpretaciones.
Una especie de utopía sexual.
Una celebración del amor.
Una fantasía sobre cómo habría sido la humanidad sin el pecado original.
Una denuncia de la lujuria.
Una advertencia moral.
El propio Museo del Prado insiste hoy en una lectura especialmente importante:
este jardín sería un falso Paraíso.
Las personas creen estar disfrutando.
Pero sus placeres son frágiles.
Y nosotros, que podemos ver simultáneamente el panel de la derecha, sabemos algo que ellos no parecen saber.
Sabemos dónde termina la historia.
En el Infierno.
Busca ahora las frutas
Hay frutas por todas partes.
Fresas.
Cerezas.
Bayas.
Frutos enormes.
Algunas personas los transportan.
Otras los comen.
Otras se introducen dentro de ellos.
Y fíjate en su tamaño.
Son gigantescos.
Una fruta puede ser casi tan grande como una persona.
¿Por qué?
Porque la fruta tiene una característica perfecta para la idea que El Bosco quiere explorar.
Es deliciosa.
Dulce.
Atractiva.
Pero dura muy poco.
Madura.
Se estropea.
Desaparece.
El placer funciona de una manera parecida.
Puede ser intenso…
pero efímero.
Algo que parece maravilloso durante unos segundos puede pudrirse inmediatamente después.
Por eso estas enormes frutas pueden funcionar como símbolos de la fragilidad del placer.
Busca ahora a los pájaros gigantes
Este es uno de mis detalles favoritos.
Hay aves mucho mayores que los seres humanos.
Pájaros cargando personas.
Personas alimentadas por aves.
Hombres y mujeres interactuando con criaturas desproporcionadas.
El Bosco altera continuamente las escalas.
Una fresa puede ser enorme.
Un pájaro puede ser gigantesco.
Un ser humano puede meterse dentro de una fruta.
Y eso produce una sensación muy parecida a la de los sueños.
Dentro de un sueño nunca preguntamos:
«¿Por qué ese pájaro mide dos metros?»
Simplemente aceptamos las reglas.
El jardín funciona así.
Parece tener lógica.
Pero cuando intentamos explicarla…
se nos escapa.
Ahora mira el centro del panel
Busca una especie de estanque circular lleno de mujeres desnudas.
Alrededor de ellas gira una procesión de hombres montados sobre animales.
Caballos.
Bestias exóticas.
Criaturas fantásticas.
Todos giran en círculo.
Casi parece un carrusel.
Pero el movimiento no conduce a ninguna parte.
Siguen dando vueltas.
Deseo alrededor del deseo.
Placer alrededor del placer.
Un ciclo que se repite.
El Bosco organiza así el caos.
De cerca vemos cientos de pequeñas historias.
Pero cuando nos alejamos descubrimos formas geométricas.
Círculos.
Líneas.
Construcciones simétricas.
Lagos.
Ejes.
El cuadro parece descontrolado y, al mismo tiempo, está extraordinariamente organizado.
Mira ahora el fondo
Encontrarás cinco construcciones fantásticas elevándose sobre el agua.
La central recuerda a la fuente que vimos en el Paraíso.
Pero hay una diferencia.
Está agrietada.
Parece frágil.
Eso es importante.
El falso paraíso humano imita el Paraíso verdadero…
pero está roto.
Las personas que están disfrutando abajo quizá no lo advierten.
Nosotros sí.
Y otra vez aparece la misma idea.
Todo parece precioso.
Pero nada va a durar.
Ahora busca dos ojos que te miran
En este panel hay tantísimas personas concentradas unas en otras que resulta fácil sentir que nadie sabe que estamos observándolas.
Pero El Bosco coloca algunas criaturas mirando directamente hacia nosotros.
Busca las aves nocturnas.
Un cárabo.
Un mochuelo.
Mientras todos los demás están ocupados disfrutando…
ellos parecen mirarte.
Es una sensación inquietante.
Como si alguien dentro de aquel mundo supiera que nosotros estamos fuera.
Antes de pasar al Infierno, detente un momento
Mira la transición entre el panel central y el derecho.
A la izquierda tenemos luz.
Cielos azules.
Agua.
Verde.
Piel.
Fruta.
Movimiento.
Y de repente…
todo cambia.
El cielo se vuelve negro.
Hay fuego.
Los edificios arden.
Las personas ya no disfrutan.
Ahora sufren.
Hemos llegado al panel derecho.
Bienvenido al Infierno
Esta parte suele conocerse como el Infierno musical.
Y dentro de unos segundos entenderás por qué.
Pero primero mira arriba.
Hay una ciudad ardiendo.
El fuego ilumina la noche.
Pequeñas figuras huyen.
Otras son atacadas.
Todo aquello que parecía alegre en el jardín central ha desaparecido.
Y aquí El Bosco hace algo extraordinario.
No inventa un único castigo.
Inventa decenas.
Cada grupo parece estar viviendo su propia pesadilla.
Es como una colección de pequeños relatos de terror.
Busca al hombre-árbol
Está aproximadamente en el centro.
Es probablemente la criatura más famosa de esta parte del cuadro.
Tiene una enorme cabeza humana.
El rostro nos mira.
Su cuerpo es una especie de cáscara de huevo rota.
Las piernas son troncos de árbol.
Los pies descansan sobre pequeñas barcas.
Y dentro de su cuerpo hay una taberna.
Sí.
Una taberna dentro de un monstruo.
Hay personas sentadas alrededor de una mesa.
Los demonios les sirven criaturas desagradables.
Este personaje se conoce como el hombre-árbol.
Y observa algo inquietante.
No parece gritar.
No parece enfadado.
Nos mira con una expresión casi tranquila.
Eso lo hace todavía más extraño.
El Bosco realizó además un dibujo independiente de un hombre-árbol muy parecido.
Era una idea a la que dedicó bastante atención.
Ahora mira debajo
Busca una criatura con cabeza de pájaro.
Es enorme.
Está sentada sobre una especie de silla que parece también un orinal o un trono grotesco.
Está devorando a una persona.
Y después la expulsa por debajo.
La víctima cae hacia una cavidad donde aparecen otros condenados.
Es una de las imágenes más desagradables del cuadro.
Y también una de las más deliberadamente absurdas.
El Bosco combina terror y humor grotesco.
Nos repugna…
pero al mismo tiempo hay algo casi caricaturesco.
El Infierno es horrible.
Y ridículo.
Ahora encuentra los instrumentos musicales
Aquí aparece una de las grandes ironías del cuadro.
Busca un laúd enorme.
Un arpa.
Instrumentos de viento.
Un gran instrumento de cuerda.
En nuestro mundo, la música suele proporcionar placer.
Aquí los instrumentos se han convertido en máquinas de tortura.
Hay cuerpos atrapados entre ellos.
Personas aplastadas.
Atadas.
Crucificadas sobre cuerdas.
Aquello que producía diversión ahora produce sufrimiento.
Es una inversión típica de El Bosco.
Los placeres del mundo central regresan convertidos en castigos.
Por eso se habla de Infierno musical.
Busca también los juegos
Dados.
Cartas.
Objetos asociados al juego.
Pero nadie está divirtiéndose.
Lo que antes era entretenimiento se convierte otra vez en violencia.
El Bosco construye muchos castigos siguiendo esa lógica:
aquello de lo que abusaste…
se vuelve contra ti.
No hace falta memorizar qué pecado corresponde exactamente a cada personaje.
Lo importante es comprender el mecanismo.
Los placeres se transforman en trampas.
Y ahora encuentra un cerdo vestido de monja
Sí.
Has oído bien.
Mira la parte inferior derecha.
Busca un cerdo.
Lleva una especie de toca religiosa.
Está abrazando a un hombre.
Parece intentar conseguir que firme un documento.
Es una imagen grotesca y probablemente crítica con determinados comportamientos del clero.
Y este detalle nos recuerda algo fundamental sobre El Bosco.
Su imaginación no nace simplemente de consumir sustancias extrañas o tener sueños delirantes, como a veces se cuenta de manera superficial.
El Bosco conocía perfectamente su sociedad.
Sus vicios.
Sus proverbios.
Sus símbolos.
Sus miedos.
Sus críticas religiosas.
Sus supersticiones.
Y utiliza todo ese material para construir un lenguaje visual absolutamente personal.
¿Quién era realmente El Bosco?
Aquí tenemos otra curiosidad.
El Bosco no se llamaba El Bosco.
Su nombre era Jheronimus van Aken.
Vivió en la ciudad de ‘s-Hertogenbosch, en los actuales Países Bajos.
De ahí procede el nombre con el que acabó siendo conocido.
Algo parecido a decir:
«Jerónimo de Bosch».
Pertenecía además a una familia de pintores.
No era un personaje marginal viviendo aislado y produciendo visiones incomprensibles.
Era un artista reconocido.
Tuvo clientes importantes.
Formó parte de la prestigiosa Hermandad de Nuestra Señora de su ciudad.
Y sus obras terminaron en algunas de las colecciones más importantes de Europa.
Y este cuadro probablemente no era para una iglesia
Esto resulta muy interesante.
Tiene forma de tríptico.
Y solemos asociar los trípticos con altares.
Pero todo indica que El jardín de las delicias fue encargado para un ambiente cortesano y privado, vinculado a Engelberto Segundo de Nassau.
Eso cambia nuestra forma de imaginar a sus primeros espectadores.
No necesariamente eran fieles rezando delante de un altar.
Podían ser aristócratas reunidos alrededor de la pintura.
Abriendo y cerrando las puertas.
Observando detalles.
Comentándolos.
Discutiendo qué significaban.
Quizá incluso divirtiéndose intentando descifrarlos.
En cierto sentido…
hacían exactamente lo mismo que estamos haciendo nosotros.
Ya desconcertaba a la gente hace quinientos años
Tenemos una prueba maravillosa.
En 1517, solamente unas décadas después de haber sido pintado, un viajero italiano llamado Antonio de Beatis visitó el palacio de los Nassau en Bruselas.
Vio esta obra.
Y quedó sorprendido.
Su descripción deja claro que aquellas escenas fantásticas eran tan extraordinarias que resultaba difícil explicarlas con palabras.
Eso es fantástico porque demuestra algo.
No somos nosotros, en el siglo veintiuno, quienes hemos olvidado el código secreto.
El cuadro ya resultaba extraño en el siglo dieciséis.
Fue diseñado para provocar conversación.
Ahora vamos a hacer arqueología del cuadro
Los investigadores modernos pueden mirar debajo de la pintura utilizando técnicas como la reflectografía infrarroja y la radiografía.
Y han descubierto que El Bosco cambió bastantes cosas mientras trabajaba.
Ya hemos visto una.
En el Paraíso había comenzado representando la Creación de Eva y luego decidió mostrar su presentación a Adán.
Pero hay más.
Eliminó frutas.
Modificó partes del paisaje.
Cambió figuras.
Y en el Infierno llegó a eliminar grandes criaturas fantásticas que había planteado inicialmente.
Esto nos permite imaginar al Bosco trabajando.
No tenía necesariamente toda esta locura perfectamente resuelta desde el primer día.
Dibujaba.
Probaba.
Cambiaba.
Tapaba.
Inventaba otra cosa encima.
La fantasía también se construye mediante ensayo y error.
Ahora piensa en la técnica
Todo esto está pintado sobre tablas de roble.
No sobre lienzo.
El Bosco utiliza óleo, que permite construir transparencias, pequeños detalles y colores muy ricos.
Acércate, si puedes.
Mira alguna figura diminuta.
Una persona.
Un pájaro.
Una fruta.
Un demonio.
Muchas miden solamente unos centímetros.
Y aun así tienen postura.
Movimiento.
Personalidad.
Cuenta cuántas pequeñas historias puedes descubrir dentro de un fragmento del tamaño de tu mano.
Ahora vuelve a alejarte.
Esas cientos de miniaturas vuelven a formar un paisaje completo.
El Bosco trabaja simultáneamente en dos escalas.
De lejos, un mundo.
De cerca, cientos de mundos.
¿Y qué significa finalmente El jardín de las delicias?
Aquí debemos hacer lo mismo que hicimos con Saturno.
Ser prudentes.
No existe una frase escrita por El Bosco diciendo:
«Mi cuadro significa exactamente esto».
Y los historiadores llevan muchísimo tiempo discutiendo.
Pero la interpretación que actualmente destaca el Museo del Prado ofrece una estructura bastante coherente.
En el panel izquierdo se instituye la unión entre Adán y Eva.
En el centro, la humanidad convierte el deseo en una búsqueda desenfrenada del placer.
Ese jardín parece maravilloso…
pero es falso.
Los placeres son tan frágiles como las frutas que vemos por todas partes.
Y finalmente llega el panel derecho.
La consecuencia.
El castigo.
Paraíso. Placer. Infierno.
Desde esta lectura, el cuadro no sería una celebración del libertinaje.
Sería una enorme advertencia.
Pero hay algo fascinante en esa advertencia
Si El Bosco quería decirnos que no nos dejáramos seducir por los placeres…
los pintó de una manera increíblemente seductora.
Mira otra vez el panel central.
Es precioso.
Está lleno de color.
De imaginación.
De animales.
De cuerpos.
De agua.
De frutas.
De pequeñas escenas divertidas.
Nuestra mirada quiere quedarse ahí.
Y quizá precisamente ese sea el mecanismo.
El Bosco nos hace sentir la tentación.
Nos enseña algo atractivo…
y después coloca el Infierno justo al lado.
No nos dice solamente:
«El placer puede engañarte».
Hace que experimentemos visualmente ese engaño.
Y ahora viene España
La obra perteneció a la poderosa familia Nassau.
Después pasó por distintas manos.
En 1568 fue confiscada en Bruselas por el duque de Alba, Fernando Álvarez de Toledo.
Acabó posteriormente en manos de su hijo Fernando de Toledo.
Y en 1591, Felipe Segundo la compró durante la venta de sus bienes.
Felipe Segundo sentía un enorme interés por la pintura de El Bosco.
Dos años después, en 1593, envió el tríptico al monasterio de San Lorenzo de El Escorial.
Allí permaneció durante siglos.
En 1933 fue trasladado al Museo del Prado.
Y aquí sigue.
Técnicamente pertenece a Patrimonio Nacional y está depositado permanentemente en el museo.
Así que una obra creada para la corte de los Nassau en el norte de Europa acabó convirtiéndose en uno de los grandes iconos culturales de Madrid.
Ahora vamos a terminar de una forma diferente
Quiero que vuelvas a alejarte.
Mira los tres paneles simultáneamente.
No busques detalles.
Mira solamente el cambio de color.
A la izquierda nace un mundo.
En el centro ese mundo está completamente ocupado por seres humanos.
A la derecha…
arde.
Después vuelve al panel izquierdo.
Adán mira a Eva.
Todavía no ha ocurrido nada.
El futuro está abierto.
Mueve ahora lentamente los ojos hacia el centro.
La humanidad se multiplica.
Juega.
Desea.
Come.
Toca.
Corre.
Se divierte.
Todo parece ligero.
Y sigue moviendo los ojos hacia la derecha.
La fiesta ha terminado.
Pero antes de marcharte, elige un personaje
Esta vez no voy a decirte dónde mirar.
Busca cualquier personaje del cuadro.
Uno cualquiera.
Puede estar dentro de una fruta.
Montando un animal.
Nadando.
Escondido en una estructura.
Siendo torturado por un instrumento musical.
Sentado dentro del hombre-árbol.
No importa.
Encuentra uno.
Y durante unos segundos imagina que todo el resto del cuadro desaparece.
Solamente existe ese personaje.
¿Qué está haciendo?
¿Qué acaba de pasar?
¿Qué ocurrirá dentro de cinco segundos?
El Bosco nunca te lo explica.
Y ahí reside buena parte de su poder.
Ha creado cientos de historias…
pero ha terminado muy pocas.
Nos obliga a completarlas.
Una última mirada
Hay cuadros que admiramos por su belleza.
Otros por su técnica.
Otros porque cuentan perfectamente una historia.
El jardín de las delicias hace algo diferente.
Nos obliga a mirar.
A acercarnos.
A alejarnos.
A descubrir.
A interpretar.
A equivocarnos.
A volver a mirar.
Más de quinientos años después seguimos discutiendo qué significa.
Y quizá nunca encontremos una única respuesta.
Pero piensa en lo extraordinario que es eso.
El Bosco murió en 1516.
Su mundo desapareció.
Sus palabras desaparecieron.
Las personas que encargaron este cuadro desaparecieron.
Los palacios cambiaron.
Los imperios cambiaron.
Las creencias cambiaron.
Y sin embargo estas pequeñas criaturas siguen aquí.
Montando pájaros.
Comiendo fresas.
Entrando en frutas.
Tocando instrumentos.
Quemándose en el Infierno.
Esperando que alguien se acerque para descubrirlas.
Antes de marcharte, mira una última vez el panel central.
Después el Infierno.
Y hazte tú mismo la pregunta que lleva más de cinco siglos persiguiendo a este cuadro:
¿El Bosco quiere que tengamos miedo de este jardín…
o quiere demostrar lo difícil que resulta dejar de mirarlo?