Las Meninas: un cuadro en el que tú también estás

Estás delante de Las Meninas, de Diego Velázquez.

Fue pintado en 1656.

Y antes de intentar entenderlo, haz una cosa muy sencilla.

Aléjate un poco del cuadro, si puedes.

Y míralo entero.

Es enorme.

Mide más de tres metros de alto y casi dos metros ochenta de ancho.

Eso significa que las personas que aparecen delante de ti tienen prácticamente tamaño natural.

Y esta es la primera clave para entender Las Meninas.

Velázquez no quiere que tengas la sensación de estar mirando una escena desde fuera.

Quiere que tengas la sensación de estar entrando en ella.

Así que durante los próximos minutos vamos a hacer precisamente eso.

Vamos a entrar en Las Meninas.

¿Qué está pasando aquí?

Empecemos por la niña situada en el centro.

Es la infanta Margarita, hija del rey Felipe Cuarto y de la reina Mariana de Austria.

Tiene unos cinco años.

Su vestido claro recibe buena parte de la luz del cuadro y hace que nuestros ojos vayan inmediatamente hacia ella.

A sus lados hay dos jóvenes.

Son las meninas.

La palabra «menina» se utilizaba para las jóvenes nobles que servían y acompañaban a las infantas y a la reina.

A nuestra izquierda, arrodillada, está María Agustina Sarmiento.

Le está ofreciendo a la infanta una pequeña jarra o búcaro sobre una bandeja.

A nuestra derecha está Isabel de Velasco, ligeramente inclinada.

Pero sigue mirando hacia la derecha.

Allí encontrarás a otros dos personajes.

La mujer es Mari Bárbola.

Y el muchacho que tiene un pie apoyado sobre el gran perro es Nicolasito Pertusato.

Ambos pertenecían al entorno de la corte.

Detrás de ellos, medio escondidos en la penumbra, aparecen Marcela de Ulloa y un guardadamas cuyo nombre desconocemos.

Y todavía queda alguien más.

Mira al fondo del cuadro.

Hay una puerta abierta.

Dentro de ese rectángulo de luz aparece un hombre.

Es José Nieto, aposentador de palacio.

No sabemos exactamente si está entrando…

o saliendo.

Y esa pequeña incertidumbre es importante.

Porque en Las Meninas casi todo parece estar ocurriendo justo en este instante.

Y ahora mira a la izquierda

Ahí está el propio Diego Velázquez.

Velázquez se ha pintado a sí mismo.

Está de pie.

Tiene una paleta en una mano y un pincel en la otra.

Y delante de él hay un enorme lienzo.

Nosotros solamente vemos la parte trasera.

No sabemos directamente qué está pintando.

Y aquí comienza el gran juego de Las Meninas.

Porque Velázquez no está mirando su cuadro.

Está mirando hacia fuera.

Hacia nosotros.

O quizás…

no nos está mirando a nosotros.

Quizás está mirando a alguien que se encuentra exactamente donde estamos nosotros.

Para descubrirlo tenemos que fijarnos en uno de los detalles más pequeños y más importantes del cuadro.

Busca el espejo

Mira la pared del fondo.

Cerca de la puerta hay un pequeño rectángulo iluminado.

Parece otro cuadro.

Pero no lo es.

Es un espejo.

Y dentro del espejo aparecen dos personas.

Son el rey Felipe Cuarto y la reina Mariana de Austria.

Ahora intenta imaginar la geometría de la habitación.

Si los reyes aparecen reflejados en ese espejo…

¿dónde están?

La interpretación más conocida es fascinante.

Los reyes estarían delante de Velázquez.

Fuera del cuadro.

Aproximadamente en el espacio que ocupamos nosotros como espectadores.

Velázquez estaría pintando su retrato en ese enorme lienzo cuyo reverso vemos a la izquierda.

Y mientras los reyes posan…

entra la pequeña infanta Margarita con su séquito.

Durante unos segundos la sesión se interrumpe.

Algunos personajes miran hacia los reyes.

Velázquez también mira.

Y nosotros llegamos cinco siglos después y ocupamos exactamente ese lugar.

Es una posibilidad.

Pero Las Meninas ha generado muchas interpretaciones y no existe una respuesta definitiva para todos sus enigmas.

Y precisamente eso forma parte de su genialidad.

Tú estás dentro del cuadro

Ahora vuelve a mirar los ojos de los personajes.

Velázquez mira hacia aquí.

La menina de la derecha parece mirar hacia aquí.

Mari Bárbola mira hacia aquí.

La infanta parece haber dirigido también su atención hacia aquí.

Y los reyes aparecen en el espejo.

Todo nos conduce hacia un punto situado…

delante de la superficie del cuadro.

Donde estás tú.

Velázquez ha hecho algo extraordinario.

Ha convertido un espacio invisible en una parte fundamental de la pintura.

Normalmente nosotros miramos un cuadro.

Aquí parece que el cuadro nos está mirando a nosotros.

Mira ahora la habitación

Durante unos segundos, intenta ignorar a las personas.

Mira solamente el espacio.

El techo es muy alto.

La habitación se prolonga hacia el fondo.

Hay cuadros colgados en las paredes.

A la derecha aparecen grandes ventanas.

Al fondo se abre una puerta.

La escena representa una estancia real del antiguo Alcázar de Madrid, el palacio de los reyes españoles que se encontraba donde hoy está el Palacio Real.

Era el llamado Cuarto del Príncipe, y Velázquez utilizaba aquel espacio como taller.

El edificio desapareció tras un terrible incendio en 1734.

Las Meninas sobrevivieron.

Así que el cuadro no solamente nos muestra a unas personas que vivieron hace casi cuatro siglos.

También conserva visualmente una habitación de un palacio que ya no existe.

El verdadero protagonista puede ser la luz

Ahora mira la parte derecha del cuadro.

Velázquez no necesita dibujar claramente todas las ventanas.

Sabemos que están ahí porque vemos lo que hace la luz.

La iluminación entra desde la derecha.

Golpea especialmente a la infanta Margarita.

Después va perdiendo intensidad.

Al fondo aparece otro foco de luz muy fuerte procedente de la puerta abierta.

Y entre ambos puntos hay grandes zonas oscuras.

Eso hace que la habitación parezca tener aire.

Parece que existe espacio entre nosotros y la infanta.

Entre la infanta y Velázquez.

Entre Velázquez y la pared.

Y entre todos ellos y José Nieto, al fondo.

A eso podemos llamarlo perspectiva aérea.

Velázquez no crea profundidad únicamente haciendo las cosas más pequeñas cuanto más lejos están.

También modifica la luz, la nitidez y la atmósfera.

Por eso la habitación parece real.

Ahora acércate un poco

Si la cantidad de gente en la sala te lo permite, acércate al cuadro.

No demasiado.

Lo suficiente para observar la pintura.

Busca, por ejemplo, el vestido de la infanta.

Desde lejos parece extraordinariamente detallado.

Pero cuando te acercas descubrirás algo sorprendente.

Muchos detalles no están realmente dibujados con precisión.

Son pinceladas.

Manchas.

Pequeños toques de color.

Busca los reflejos del vestido.

El pelo.

Las flores.

Las mangas.

Incluso algunas caras.

De cerca puedes encontrar pinceladas que parecen casi desordenadas.

Ahora vuelve a alejarte.

Y ocurre la magia.

Las manchas vuelven a convertirse en telas.

Cabellos.

Reflejos.

Caras.

Velázquez confía en que sea tu ojo quien termine el cuadro.

Esta es una de las grandes lecciones de su pintura.

No hace falta pintar cada hilo de un vestido para que nuestro cerebro vea un vestido.

A veces basta con colocar exactamente la pincelada adecuada en el lugar adecuado.

¿Hay dibujo debajo?

Aquí tenemos otra curiosidad técnica.

En muchos pintores podemos utilizar la reflectografía infrarroja para encontrar un dibujo preparatorio bajo la pintura.

Como si primero hubieran hecho un boceto y después lo hubieran coloreado.

En Las Meninas, los estudios técnicos del Prado no encontraron ese dibujo subyacente.

Velázquez construyó gran parte de la escena directamente con pintura.

Las radiografías sí revelan cambios realizados durante el proceso.

Es decir, Velázquez fue modificando cosas mientras trabajaba.

Eso hace que el cuadro sea menos parecido a rellenar cuidadosamente un dibujo previo…

y más parecido a pensar con el pincel.

Hay otra cosa extraña: el momento

Fíjate en Nicolasito Pertusato, a la derecha.

Tiene el pie sobre el enorme mastín.

El perro parece medio dormido.

La menina está inclinándose.

María Agustina ofrece el recipiente.

José Nieto está detenido en mitad de un movimiento.

Velázquez ha levantado la mirada.

Parece que alguien acaba de entrar en la habitación.

O que acaba de ocurrir algo.

Por eso Las Meninas tiene una cualidad sorprendentemente moderna.

No parece una ceremonia perfectamente organizada.

Parece una instantánea.

Como si Velázquez hubiera congelado una fracción de segundo tres siglos antes de la invención de la fotografía.

Y todavía más interesante:

no sabemos exactamente qué ocurrió inmediatamente antes…

ni qué ocurrirá inmediatamente después.

Nuestro cerebro intenta inventar esa historia.

¿Por qué aparece Velázquez?

Ahora vuelve al autorretrato de la izquierda.

Su presencia es muchísimo más importante de lo que podría parecer.

Velázquez no se representa discretamente en una esquina.

Se pinta de pie.

Grande.

Trabajando.

Y dentro de una habitación de la familia real.

En el siglo diecisiete esto tenía mucho significado.

Un pintor podía ser considerado simplemente un artesano: alguien que trabajaba con las manos.

Velázquez quería defender algo diferente.

La pintura era una actividad intelectual.

Había imaginación.

Conocimiento.

Geometría.

Óptica.

Cultura.

Pensamiento.

Y aquí el artista se coloca literalmente junto a la familia del rey.

Las Meninas puede leerse también como una enorme reivindicación de la dignidad de la pintura y del pintor.

Velázquez no solamente pinta el poder.

Se incluye dentro de su mundo.

Un cuadro que no siempre se llamó Las Meninas

Aquí tienes una curiosidad que mucha gente desconoce.

Velázquez no pintó un cuadro llamado Las Meninas.

Ese título es posterior.

En antiguos inventarios fue descrito de distintas formas.

Después del incendio del Alcázar llegó a conocerse como La familia de Felipe Cuarto.

No fue hasta 1843 cuando apareció en el catálogo del Museo del Prado con el título por el que hoy lo conocemos:

Las Meninas.

Y eso resulta curioso porque las meninas ni siquiera son las protagonistas principales.

Son las dos jóvenes que acompañan a la infanta.

El nombre de unos personajes secundarios terminó dando título a uno de los cuadros más famosos de la historia.

Un cuadro que estuvo a punto de convertirse en un asunto de Estado

Las Meninas ha llegado hasta nosotros en un estado de conservación excepcional teniendo en cuenta su edad.

Pero durante siglos se habían acumulado sobre su superficie barnices que terminaron amarilleando.

El cuadro se volvió mucho más oscuro y ambarino.

En 1984 se decidió restaurarlo.

Y restaurar Las Meninas no era precisamente una decisión tranquila.

Era tocar uno de los grandes símbolos culturales de España.

El encargado de realizar la limpieza fue John Brealey, jefe del Departamento de Restauración del Metropolitan Museum de Nueva York.

La intervención comenzó el 14 de mayo de 1984 y la limpieza duró aproximadamente tres semanas.

Al retirar los barnices envejecidos apareció algo que estaba parcialmente oculto:

la enorme variedad de grises, negros, blancos, tonos plateados y matices de la pintura de Velázquez.

El cuadro recuperó su luz.

Y la restauración causó un enorme debate público.

No todos estaban preparados para descubrir que la obra que durante décadas habían conocido con un aspecto oscuro…

en realidad era mucho más luminosa.

Ahora vuelve a alejarte

Este último paso merece la pena.

Aléjate tanto como te permita la sala.

Mira el cuadro entero otra vez.

Ahora ya sabes quién es cada uno.

La infanta Margarita está en el centro.

María Agustina le ofrece agua.

Isabel de Velasco está a su lado.

Mari Bárbola y Nicolasito Pertusato aparecen junto al mastín.

Marcela de Ulloa está en la penumbra.

José Nieto ocupa la puerta iluminada.

Velázquez pinta a nuestra izquierda.

Y Felipe Cuarto y Mariana de Austria aparecen en el espejo.

Pero intenta olvidarte otra vez de los nombres.

Mira solamente lo que Velázquez ha conseguido.

Tienes delante una superficie plana.

Un lienzo.

Pigmentos y aceite.

Nada más.

Y sin embargo tu cerebro percibe una habitación de varios metros de profundidad.

Percibe aire.

Luz.

Movimiento.

Personas delante de otras personas.

Una puerta al fondo.

Un espacio que parece continuar detrás de ti.

Y aquí está quizá el secreto de Las Meninas.

No es simplemente un cuadro que representa a la familia de Felipe Cuarto.

Ni siquiera es solamente un retrato.

Es un cuadro sobre el acto de mirar.

¿A quién está pintando Velázquez?

¿A quién mira la infanta?

¿Dónde están exactamente los reyes?

¿Es el espejo quien los refleja?

¿Somos nosotros quienes ocupamos su posición?

¿Estamos fuera de la habitación…

o acabamos de entrar?

Velázquez no responde completamente a esas preguntas.

Construye el escenario…

y deja que nosotros participemos.

Por eso Las Meninas sigue provocando discusiones casi cuatrocientos años después.

Y por eso ocurre algo curioso cuando finalmente te marchas de esta sala.

Tú dejas de mirar Las Meninas.

Pero durante unos segundos…

parece que los personajes de Las Meninas continúan mirándote a ti.

Sobre el autor de este artículo:

Comentarios

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Información básica sobre protección de datos Ver más

  • Responsable: Mario Gómez Luelmo.
  • Finalidad:  Moderar los comentarios.
  • Legitimación:  Por consentimiento del interesado.
  • Destinatarios y encargados de tratamiento:  No se ceden o comunican datos a terceros para prestar este servicio. El Titular ha contratado los servicios de alojamiento web a HOSTINGER operations, UAB que actúa como encargado de tratamiento.
  • Derechos: Acceder, rectificar y suprimir los datos.
  • Información Adicional: Puede consultar la información detallada en la Política de Privacidad.

Esta web utiliza cookies propias y de terceros para su correcto funcionamiento y para fines analíticos y para fines de afiliación y para mostrarte publicidad relacionada con sus preferencias en base a un perfil elaborado a partir de tus hábitos de navegación. Contiene enlaces a sitios web de terceros con políticas de privacidad ajenas que podrás aceptar o no cuando accedas a ellos. Al hacer clic en el botón Aceptar, acepta el uso de estas tecnologías y el procesamiento de tus datos para estos propósitos.
Privacidad