Estás delante de una de las obras más curiosas del Museo del Prado.
Y probablemente también de una de las más fáciles de pasar por alto.
Porque sí: estás mirando a la Mona Lisa.
Pero no a la Mona Lisa que todo el mundo conoce.
La original, pintada por Leonardo da Vinci, se encuentra en el Museo del Louvre de París.
Esta es la llamada Mona Lisa del Prado.
Y antes de pensar que estás ante una simple copia, merece la pena saber algo sorprendente: probablemente fue pintada en el propio taller de Leonardo, por uno de sus discípulos, mientras Leonardo estaba creando la original.
Es decir, estas dos Mona Lisa podrían haber ido naciendo prácticamente al mismo tiempo.
Y eso convierte a este cuadro en algo extraordinario.
Primero, simplemente mírala
Olvídate durante unos segundos de nombres, fechas y técnicas.
Mira a la mujer.
Está sentada, ligeramente girada, con las manos cruzadas delante del cuerpo.
Y, sin embargo, su rostro se vuelve hacia nosotros.
Parece tranquila.
No lleva una corona, ni grandes joyas, ni símbolos que indiquen que estamos ante una reina o una santa.
Es simplemente una mujer mirándonos.
Probablemente se trata de Lisa Gherardini, esposa de un comerciante florentino llamado Francesco del Giocondo.
De ahí viene uno de los nombres del cuadro: La Gioconda.
«Mona Lisa», por cierto, procede de una forma antigua de decir algo parecido a «señora Lisa».
Ahora fíjate en sus ojos.
No importa demasiado desde qué posición la observes: tienes la sensación de que sigue mirando hacia ti.
Y después mira la boca.
Ahí aparece uno de los elementos más famosos de toda la historia del arte: esa sonrisa que parece estar ahí… y al mismo tiempo parece desaparecer.
Pero aquí empieza una de las diferencias interesantes con la Mona Lisa de Leonardo.
Una Mona Lisa más nítida
Si conoces la imagen del cuadro del Louvre, quizá notes que esta mujer parece algo más definida.
Los límites del rostro, los ojos, la ropa o las manos resultan más fáciles de distinguir.
Eso ocurre porque Leonardo utilizó magistralmente en la original una técnica llamada sfumato.
El término viene del italiano y podríamos traducirlo aproximadamente como «esfumado».
En lugar de dibujar claramente el límite entre una zona iluminada y una zona en sombra, Leonardo superponía capas extremadamente finas y transparentes de pintura.
Los contornos prácticamente desaparecen.
El resultado es esa especie de neblina que envuelve el rostro de la Mona Lisa del Louvre y hace que su expresión parezca cambiar constantemente.
El pintor de la versión del Prado conocía el trabajo de Leonardo, pero no alcanzó el mismo nivel de sfumato.
Por eso esta Mona Lisa es algo más lineal, más clara y más fácil de leer.
Y esto es interesante: técnicamente es menos extraordinaria que la original, pero precisamente por ser más nítida nos permite observar algunos elementos que en el cuadro del Louvre resultan mucho más difíciles de apreciar.
Ahora mira detrás de ella
Observa el paisaje.
Montañas, caminos, agua, rocas…
Tiene algo extraño, casi de otro planeta.
No pretende ser necesariamente un lugar que podamos localizar en un mapa.
Leonardo estaba fascinado por la naturaleza: por cómo se forman las montañas, cómo fluye el agua, cómo cambia la atmósfera con la distancia y cómo nuestros ojos perciben los objetos cada vez más azulados y difusos cuanto más lejos están.
Pero lo verdaderamente fascinante del paisaje que estás viendo en el Prado es que, durante siglos, nadie sabía que estaba ahí.
Sí.
Durante mucho tiempo, detrás de esta Mona Lisa no se veía ningún paisaje.
Se veía simplemente… un fondo negro.
El gran descubrimiento
Esta es probablemente la mejor historia del cuadro.
Durante siglos, la obra estuvo considerada como una de tantas copias antiguas de la Mona Lisa.
Además, aquel fondo negro hacía pensar que el copista ni siquiera había reproducido el paisaje de Leonardo.
Pero entre 2011 y 2012, el Museo del Prado estudió y restauró la pintura.
Los especialistas utilizaron técnicas que permiten investigar un cuadro sin destruirlo, entre ellas radiografías y reflectografía infrarroja.
Podríamos pensar en ella como una especie de visión de rayos X aplicada a la pintura.
Y descubrieron algo inesperado.
Debajo de aquel fondo negro… había un paisaje.
El paisaje original estaba oculto.
Los análisis demostraron además que la capa negra no pertenecía al momento en que se pintó la obra. Había sido añadida mucho después, no antes de mediados del siglo dieciocho.
Los restauradores pudieron retirar cuidadosamente ese añadido.
Y apareció el paisaje que tienes ahora delante.
De repente, una copia aparentemente secundaria se convirtió en una pieza fundamental para comprender cómo trabajaba Leonardo da Vinci.
Pero todavía quedaba una sorpresa mucho mayor.
Dos pintores trabajando a la vez
Cuando los investigadores compararon mediante infrarrojos esta pintura con la Mona Lisa del Louvre encontraron algo extraordinario.
Debajo de la superficie visible de un cuadro suelen aparecer dibujos preparatorios y correcciones.
Los pintores cambian de opinión.
Mueven una mano.
Modifican un hombro.
Cambian la posición de un dedo.
Alteran el contorno de un velo.
A estas correcciones se las suele llamar arrepentimientos, o pentimenti.
Y aquí viene lo increíble.
Muchas de las correcciones que Leonardo realizó bajo la superficie de su Mona Lisa aparecen también en la versión del Prado.
Piénsalo.
Si alguien hubiera copiado simplemente el cuadro terminado, no podría conocer correcciones que estaban escondidas debajo de la pintura.
Por tanto, el autor de esta obra estaba viendo el proceso de creación de Leonardo mientras sucedía.
Cuando Leonardo modificaba algo, su discípulo podía modificarlo también.
Por eso los especialistas concluyeron que ambas obras se ejecutaron en paralelo dentro del entorno del taller.
Imagina la escena.
Estamos a comienzos del siglo dieciséis.
Leonardo trabaja lentamente en su Mona Lisa.
Cerca de él, uno de sus discípulos trabaja sobre otra tabla.
Leonardo cambia la posición de unos dedos.
El discípulo hace lo mismo.
Leonardo modifica el contorno del cuerpo.
El discípulo incorpora también esa modificación.
Cinco siglos más tarde, unas cámaras infrarrojas permiten reconstruir aquella conversación silenciosa entre maestro y aprendiz.
Esa es quizá la verdadera importancia de la Mona Lisa que tienes delante.
No es solamente una copia de una obra.
Es una especie de registro del proceso creativo de Leonardo.
¿Quién la pintó?
Aquí tenemos otro misterio.
No lo sabemos con certeza.
El Museo del Prado la atribuye oficialmente al taller de Leonardo da Vinci.
El autor tuvo que ser alguien muy próximo al maestro, capaz de observar cómo evolucionaba la pintura original.
Se han propuesto nombres de discípulos cercanos a Leonardo, como Francesco Melzi o Salaì, pero no existe una identificación definitiva.
Así que, cinco siglos después, el pintor que realizó esta Mona Lisa continúa siendo anónimo.
Las dos hermanas
Ahora imaginemos que pudiéramos colocar esta pintura junto a la del Louvre.
Son extremadamente parecidas, pero no idénticas.
La del Prado mide aproximadamente 76 centímetros de alto por 57 de ancho y está pintada al óleo sobre una tabla de nogal.
La del Louvre mide unos 77 por 53 centímetros y está realizada sobre madera de álamo.
La figura de Lisa, sin embargo, tiene prácticamente las mismas dimensiones en ambas.
Es posible que los dos pintores utilizaran como punto de partida el mismo dibujo o cartón.
La gran diferencia está en la ejecución.
La Mona Lisa del Louvre tiene el extraordinario sfumato de Leonardo.
Los límites del rostro prácticamente se disuelven.
La piel parece fundirse con la luz.
La expresión resulta más ambigua.
El paisaje adquiere mayor profundidad atmosférica.
La versión del Prado es más definida.
Los colores resultan más claros y algunos detalles son más fáciles de percibir.
Y hay otra diferencia fundamental.
La versión del Prado parece conservar algunos momentos intermedios del proceso creativo que Leonardo continuó desarrollando posteriormente en la original.
Es casi como tener dos fotografías tomadas en momentos diferentes durante la creación de una misma idea.
Una pequeña curiosidad histórica
Esta Mona Lisa lleva muchísimo tiempo en España.
Sabemos que probablemente ya formaba parte de la Colección Real en 1666, cuando aparece registrada en el Real Alcázar de Madrid.
Eso significa que llevaba más de un siglo terminada cuando ya estaba entre las pinturas de los reyes españoles.
Con el tiempo pasó al Museo del Prado.
Durante generaciones estuvo allí sin que nadie comprendiera completamente su importancia.
El gran cambio llegó con los estudios realizados en el siglo veintiuno.
Y hay algo bonito en esa historia.
El cuadro no cambió.
Cambió nuestra capacidad para mirarlo.
Vuelve ahora al rostro
Antes de terminar, vuelve a mirar a Lisa.
Primero los ojos.
Después la sonrisa.
Luego las manos.
Y finalmente el paisaje.
Quizá la versión del Louvre sea una obra técnicamente superior.
Es Leonardo da Vinci llevando la pintura hasta unos límites extraordinarios.
Pero el cuadro que tienes delante posee algo que ni siquiera la Mona Lisa del Louvre puede ofrecer de la misma manera.
Nos permite asomarnos al taller.
Nos permite imaginar a Leonardo trabajando.
A un discípulo observándolo.
A los dos modificando sus pinturas.
Y, gracias a los dibujos que quedaron escondidos bajo las capas de óleo, podemos reconstruir parte de aquella historia quinientos años después.
Por eso, cuando alguien te diga que en el Museo del Prado hay «una copia de la Mona Lisa», puedes responder que sí…
pero que decir solamente eso es quedarse muy corto.
Porque esta pintura es probablemente la copia más temprana conocida de la Mona Lisa y uno de los documentos más importantes que existen para comprender cómo se creó el original.
No estás mirando simplemente a la hermana de la Gioconda.
Estás mirando una testigo de su nacimiento.
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